... de Juan Pablo I a los jesuitas, días antes de morir:

Es un hecho que en sus 33 días de pontificado no pudo dar claridad ni hacer limpieza, ni cumplió muchos actos de gobierno, y que escribió pocas cartas muy breves y más de circunstancia. La única carta larga y profunda es aquella A los jesuitas”. Debió haberla leído y consignado el 30 de septiembre de 1978, dos días después de su muerte, con ocasión de una audiencia especial a los procuradores de la Compañía de Jesús convocados a Roma de cada parte del mundo. Se trata de un texto rico en el cual, aparte de los saludos rituales, hay llamadas constantes y severas advertencias.

El Papa comenzaba así: Pero como ustedes, en estos días deben proceder a un examen acerca del estado de la Compañía de Jesús mediante una valoración sincera, realista y valerosa de la situación objetiva, analizando si es necesario las deficiencias, las lagunas, las zonas de sombras, quiero confiar a su meditación responsable algunos puntos que están particularmente en mi corazón: Deficiencias, lagunas, zonas de sombra: como inicio no es el más halagador. Ustedes, continuaba el Papa “se preocupan de los grandes problemas económicos y sociales que hoy atraviesa la humanidad”, “más en la solución de estos problemas deben saber siempre distinguir las tareas de los sacerdotes religiosos  de aquellas que son propias de los laicos. Los sacerdotes deben inspirar y animar a los laicos hacia el cumplimiento de sus deberes, pero no deben sustituir estos, descuidado su propia tarea específica en la acción evangelizadora”.

En pocas palabras, el Papa reclamaba a tantos jesuitas fascinados por la doctrina marxista, dedicados a la política, a la sociología, a lo social, más que a Cristo mismo, para luego radicar este error en un hecho: “el abandonamiento de la sólida doctrina”.

Es necesario recordar aquí que el nombre electo por Luciani, “Juan Pablo I”, era también en honor de San Pablo, el cual escribió en la segunda carta a Timoteo: Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su reino: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina; pues vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, antes, deseosos de novedades, se rodearán de maestros conforme a sus pasiones, y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas. Pero tú vela en todo, soporta los trabajos, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. (2 Tim. 4, 1-5)

Si en el pasaje de Pablo la palabra “doctrina” se menciona dos veces, acompañada en un caso de la palabra “sana” en la prosa del discurso de Juan Pablo I a los jesuitas el subrayado es todavía mayor, la insistencia es casi hartante. El Papa repite más de una vez una palabra que muchos jesuitas ya no quieren escuchar más.

De hecho recuerda que “San Ignacio exige de sus hijos una firme doctrina”, recomienda, tres líneas abajo, el ser fiel a una “doctrina sólida y segura, plenamente conforme a la enseñanza de la Iglesia”, luego invita a “no permitir que las enseñanzas y publicaciones de los jesuitas causen confusión y desorientación en medio de los fieles”, y agrega: “recuerden que la misión encomendada al Vicario de Cristo es la de anunciar, de manera adecuada a la mentalidad de hoy, pero en su integridad y pureza el mensaje cristiano, contenido en el depósito de la revelación”.

¿No es demasiado explícito y fuerte el concepto?, Luciani lo repite otra vez, invitando a los jesuitas a formar a los jóvenes con “una doctrina sólida y segura” porque quien frecuenta sus escuelas lo hace por la “solidez y doctrina de la que esperan participar”.

Pero no ha terminado, el Papa continúa: “No dejen caer esas tradiciones loables (ligadas a una severa disciplina religiosa), no permitan que tendencias secularizantes vengan a penetrar y turbar su comunidad”, porque el necesario contacto apostólico con el mundo no significa asimilación con el mundo, de hecho se exige aquella diferenciación que salvaguarda la identidad del apóstol, de modo que sea verdaderamente sal de la tierra y levadura capaz de hacer fermentar la masa”.

Juan Pablo I, como se ha dicho, morirá antes de dar este discurso.

Pero un año después, el 21 de septiembre de 1979, Juan Pablo II, quien tendrá siempre una relación muy conflictiva con los jesuitas, tal vez recordando el discurso de su predecesor lo repetirá para dar a los novicios una “formación doctrinal con sólidos estudios filosóficos y teológicos según las directivas de la Iglesia y la formación apostólica dirigida a las formas de apostolado que son propias de la Compañía, abiertas a las nuevas exigencias de los tiempos, pero fieles a los valores tradicionales que tienen un efecto duradero”. Una vez más, se encuentran las dos palabras tan invisibles: doctrina y tradición.

Extracto del siguiente artículo: Aquí

[Traducción de Uriel García. Dominus Est. Artículo original]

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HIMNO AL ARCÁNGEL SAN MIGUEL
Oh Jesús, que eres fuerza y luz del Padre,
Oh Jesús, que das vida a nuestros pechos:
Te alabamos en coro con los Ángeles,
Que siempre de tu boca están suspensos.
Millares de celestes capitanes
Militan en las huestes que acaudillas,
Pero es Miguel quien a su frente marcha
Y quien empuña la sagrada insignia.
Él es quien precipita en lo más hondo
De los infiernos al dragón funesto,
Y quien fulmina a los rebeldes todos,
Y quien los echa del baluarte excelso.
Sigamos día y noche a nuestro príncipe
Contra el fiero adalid de la soberbia,
Para que desde el trono del Cordero
Nos sea dada la corona eterna.
Gloria al Padre y que Él guarde con sus Ángeles
A los que, redimidos por su Hijo,
Fueron ungidos desde el firmamento
Por el eterno bien del Santo Espíritu.

SAN MIGUEL ARCANGUEL

San Miguel Arcanguel
Levanta el Crucifijo y reza esta oración con la señal de la cruz. Has esto en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Tú vencerás… Reza esta oración todos lo días, ya que la batalla es enorme:
"Oh Glorioso príncipe de la Hueste Celestial, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla y en el terrible combate que estamos librando contra los principados y Potestades del aire, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, en contra de todos los Espíritus del Mal. Ven en ayuda del hombre, a quien Dios Todopoderoso creó inmortal, hecho a su imagen y semejanza, y redimido por un gran precio, de la tiranía de Satanás. Pelea en este día la batalla del Señor, junto con los santos ángeles, igual que combatiste al líder de los orgullosos ángeles, Lucifer, y a su hueste apóstata, quienes no tuvieron poder para resistirte y tampoco hubo ya lugar para ellos en el cielo. Esa cruel serpiente antigua, llamada el diablo o Satanás, que seduce al mundo entero, fue arrojada al abismo junto con sus ángeles. Mira, este enemigo primitivo y asesino del hombre ha tomado fuerza. Transformado en un ángel de luz, anda alrededor del mundo con una multitud de espíritus perversos, invadiendo la tierra para borrar el nombre de Dios y de Jesucristo, apoderarse, asesinar y arrojar a la eterna perdición de las almas destinadas a la corona de la gloria eterna. Este malvado dragón vierte, como la inundación más impura, el veneno de su malicia en los hombres de mente depravada y corrupto corazón; el espíritu de mentira de impiedad, de blasfemia, y de aire pestilente de impureza, y de todo vicio e iniquidad. Estos astutos enemigos han llenado y embriagado con hiel y amargura esta Iglesia, la esposa del Inmaculado Cordero, y han puesto sus manos impías en sus más sagradas posesiones, con el designio inicuo de que cuando el Pastor sea herido, también las ovejas pueden ser heridas. Entonces levántate, oh Príncipe invencible, dale ayuda al pueblo de Dios en contra de los ataques de los espíritus perdidos. Dale la victoria al pueblo de Dios: Ellos te veneran como su protector y patrón; en ti la gloriosa Iglesia se regocija con tu defensa contra el maligno poder del infierno; a ti te ha confiado Dios las almas de los hombres para ser establecida en bienaventuranzas celestiales. Ora al Dios de la paz, para que ponga a Satanás bajo nuestros píes, derrotado para que no pueda más mantener al hombre en cautiverio y lastimar a la Iglesia. Ofrece nuestras oraciones a la vista del Altísimo, para que pronto pueda encontrar misericordia a los ojos del señor; y venciendo al dragón la antigua serpiente que es el diablo y Satanás, tú nuevamente lo pongas cautivo en al abismo, para que no pueda ya más seducir a las naciones. Amén.
- Miren la Cruz del Señor; y sean dispersos los poderes enemigos. R:
- El León de la tribu de Judá ha conquistado la raíz de David.
- Qué tu misericordia esté sobre nosotros, oh Señor.
-  Así como hemos tenido esperanza en Ti.
- Oh Señor, escucha nuestra oración.
-  Y deja que mi llanto llegue a Ti.
Oremos
Oh Dios, Padre nuestro, señor Jesucristo, invocamos a tu Santo Nombre, y suplicantes imploramos tu clemencia, para que por la intercesión de la siempre Virgen María, Inmaculada Madre nuestra, y por el glorioso San Miguel Arcángel, Tú te dignes ayudarnos contra Satanás y todos los demás espíritus inmundos, que andan por el mundo para hacer daño a la raza humana y para arruinar a las almas. Amén.
Fuente: Libro de la Devoción a la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo

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