JESÚS Y SAN DIMAS

Fue el pecado de los ángeles y de los hombres lo que vino a alterar el orden inicial de la creación de Dios. Primero, mediante la soberbia de algunos ángeles; y después, a través del rechazo del hombre a los planes de Dios. Fue el pecado el que introdujo el sufrimiento en el mundo (Gen 3:19ss); y el sufrimiento de Cristo por amor, el que le dio sentido al sufrimiento del hombre (Jn 10:18).

Hace unos años le preguntaron al papa actual cuál era el sentido del sufrimiento de los niños. En ese momento, quizás por el cansancio y el agotamiento, el papa sólo respondió: No tengo palabras para explicar el sufrimiento de los niños.

En realidad sólo hay dos seres incapaces de explicar el sufrimiento del ser humano: el hombre alejado de Dios y los demonios. Pero para el que vive unido a Cristo, es Cristo quien da sentido al sufrimiento; pues es Él mismo quien nos enseña que el morir por el amado es la prueba más alta de amor (Jn 15:13).

Desde que Cristo murió en la cruz, el sufrimiento del cristiano adquirió un nuevo sentido: unirse al de su Maestro (Col 1:24). Si la muerte fue consecuencia del pecado, la victoria sobre la muerte será la manifestación de que el pecado ha sido vencido (1 Cor 15: 55-57). Ahora vivimos en el tiempo de compartir la cruz de Cristo (Mt 16:24); llegará un día en el que también nosotros resucitaremos con Él (Rom 6: 8-10). Así pues, el sufrimiento, que en otro tiempo fue una maldición y un castigo por el pecado, es ahora para el cristiano, fuente de alegría perfecta.

Desgraciadamente son pocas las personas que llegan a entenderlo así; y menos aún, las que lo hacen realidad en sus vidas. No en vano cuando Santa Teresa de Jesús se quejaba un poco a Cristo por los muchos sufrimientos que tuvo que pasar en vida, Él le respondió:

-          “Así es como yo trato a mis amigos”.

A lo que la santa añadió con su gracejo tan particular:

-          “Con razón tienes tan pocos”.

La mejor explicación que se ha dado hasta ahora de la relación que existe entre el sufrimiento y alegría cristiana es quizá la narración contenida en el capítulo VIII de las Florecillas de San Francisco de Asís:


Yendo una vez San Francisco desde Perusa a Santa María de los Ángeles con Fray León, en tiempo de invierno y con un frío riguroso que le molestaba mucho, llamó a Fray León, que iba un poco delante, y le dijo:

-          Fray León: Aunque los frailes Menores diesen en toda la tierra grande ejemplo de santidad y mucha edificación; escribe y advierte claramente que no está en eso la perfecta alegría.

Y andando un poco más, le llamó San Francisco por segunda vez, diciendo:

-          ¡Oh fray León! Aunque el fraile Menor dé vista a los ciegos y sane a los tullidos y arroje los demonios y haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que es más, resucite al muerto de cuatro días; escribe que no está en eso la perfecta alegría.

Después de otro poco, San Francisco levantó la voz y dijo:

-          ¡Oh, fray León! Si el fraile Menor supiese todas las lenguas y todas las ciencias y todas las escrituras, de modo que supiese profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino también los secretos de las conciencias y de las almas; escribe que no está en eso la perfecta alegría.

Caminando algo más, San Francisco llamó otra vez en alta voz:

-          ¡Oh, fray León, ovejuela de Dios! Bien que el fraile Menor hable la lengua de los ángeles, y sepa el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le sean descubiertos todos los tesoros de las tierras, y conozca la naturaleza de las aves y de los peces y de todos los animales y de los hombres y las propiedades de los árboles, piedras y raíces y de las aguas; escribe que no está en eso la perfecta alegría.

Y habiendo andado otro trecho, San Francisco llamó alto:

-          ¡Oh, fray León! Si el fraile Menor supiese predicar tan bien que convirtiese a todos los infieles a la fe de Cristo; escribe que no está en eso la perfecta alegría.

Y continuando este modo de hablar por espacio de más de dos millas, le dijo fray León, muy admirado:

-          ¡Padre, te ruego en nombre de Dios, que me digas en qué está la perfecta alegría!

-          Imagínate -le respondió San Francisco- que al llegar nosotros ahora a Santa María de los Ángeles, empapados de la lluvia, helados de frío, cubiertos de lodo y desfalleciendo de hambre, llamamos a la puerta de un convento y viene el portero incomodado y pregunta: “¿Quiénes sois vosotros?” y diciendo nosotros: “Somos dos hermanos vuestros”, responde él: “No decís verdad, sino que sois dos bribones que andáis engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres: marchaos de aquí” , y no nos abre, y nos hace estar fuera en la nieve, y en la lluvia, sufriendo el frío y el hambre hasta la noche; si toda esta crueldad, injurias y repulsas las sufrimos nosotros pacientemente sin alterarnos ni murmurar, pensando humilde y caritativamente que aquel portero conoce realmente nuestra indignidad y que Dios le hace hablar así contra nosotros; escribe, oh hermano León, que en esto está la perfecta alegría.

-     Y si perseverando nosotros en llamar, sale él afuera airado y nos echa de allí con villanías y a bofetadas, como a unos bribones importunos, diciendo: “Fuera de aquí, ladronzuelos vilísimos; id al hospital, que aquí no se os dará comida ni albergue”; si nosotros sufrimos esto pacientemente y con alegría y amor; escribe, oh fray León, que en esto está la perfecta alegría. Y si nosotros, obligados por el hambre, el frío y la noche, volvemos a llamar y suplicamos, por amor de Dios y con grande llanto, que nos abran y metan dentro; y él, más irritado, dice: “¡Cuidado si son importunos estos bribones! Yo los trataré como merecen”; y sale afuera con un palo nudoso, y asiéndonos por la capucha, nos echa por tierra, nos revuelca entre la nieve y nos golpea con el palo; si nosotros llevamos todas estas cosas con paciencia y alegría, pensando en las penas de Cristo bendito, las cuales nosotros debemos sufrir por su amor; escribe, oh fray León, que en esto está la perfecta alegría.


Así pues, busquemos ahora a Cristo sufriente, para que un día también nosotros podamos unirnos con Él y gozar de la dicha de la bienaventuranza celestial. Y cuando seamos nosotros los que estemos clavados en la cruz junto a Cristo, recordemos aquellas maravillosas palabras que Él mismo pronunció desde lo alto del madero al buen ladrón: “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23:43).

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Comentario de Ma. Cristina Rubalcava Labastida el abril 18, 2017 a las 2:32am

Señor, solo Tú puedes lograr en mi la perfecta alegría, yo sola, imposible !

Comentario de Juan Carlos Dadah el abril 15, 2017 a las 7:02am

Padre Dios, te ruego que hagas posible que pueda reconocer siempre en mi vida aquellos instantes en los cuales sienta en mi corazón la perfecta alegría.!

La paz en el mundo solo es posible si aceptamos a JESUCRISTO como Señor de las Naciones. El es el REY de reyes y SEÑOR de señores..!!!

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HIMNO AL ARCÁNGEL SAN MIGUEL
Oh Jesús, que eres fuerza y luz del Padre,
Oh Jesús, que das vida a nuestros pechos:
Te alabamos en coro con los Ángeles,
Que siempre de tu boca están suspensos.
Millares de celestes capitanes
Militan en las huestes que acaudillas,
Pero es Miguel quien a su frente marcha
Y quien empuña la sagrada insignia.
Él es quien precipita en lo más hondo
De los infiernos al dragón funesto,
Y quien fulmina a los rebeldes todos,
Y quien los echa del baluarte excelso.
Sigamos día y noche a nuestro príncipe
Contra el fiero adalid de la soberbia,
Para que desde el trono del Cordero
Nos sea dada la corona eterna.
Gloria al Padre y que Él guarde con sus Ángeles
A los que, redimidos por su Hijo,
Fueron ungidos desde el firmamento
Por el eterno bien del Santo Espíritu.

SAN MIGUEL ARCANGUEL

San Miguel Arcanguel
Levanta el Crucifijo y reza esta oración con la señal de la cruz. Has esto en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Tú vencerás… Reza esta oración todos lo días, ya que la batalla es enorme:
"Oh Glorioso príncipe de la Hueste Celestial, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla y en el terrible combate que estamos librando contra los principados y Potestades del aire, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, en contra de todos los Espíritus del Mal. Ven en ayuda del hombre, a quien Dios Todopoderoso creó inmortal, hecho a su imagen y semejanza, y redimido por un gran precio, de la tiranía de Satanás. Pelea en este día la batalla del Señor, junto con los santos ángeles, igual que combatiste al líder de los orgullosos ángeles, Lucifer, y a su hueste apóstata, quienes no tuvieron poder para resistirte y tampoco hubo ya lugar para ellos en el cielo. Esa cruel serpiente antigua, llamada el diablo o Satanás, que seduce al mundo entero, fue arrojada al abismo junto con sus ángeles. Mira, este enemigo primitivo y asesino del hombre ha tomado fuerza. Transformado en un ángel de luz, anda alrededor del mundo con una multitud de espíritus perversos, invadiendo la tierra para borrar el nombre de Dios y de Jesucristo, apoderarse, asesinar y arrojar a la eterna perdición de las almas destinadas a la corona de la gloria eterna. Este malvado dragón vierte, como la inundación más impura, el veneno de su malicia en los hombres de mente depravada y corrupto corazón; el espíritu de mentira de impiedad, de blasfemia, y de aire pestilente de impureza, y de todo vicio e iniquidad. Estos astutos enemigos han llenado y embriagado con hiel y amargura esta Iglesia, la esposa del Inmaculado Cordero, y han puesto sus manos impías en sus más sagradas posesiones, con el designio inicuo de que cuando el Pastor sea herido, también las ovejas pueden ser heridas. Entonces levántate, oh Príncipe invencible, dale ayuda al pueblo de Dios en contra de los ataques de los espíritus perdidos. Dale la victoria al pueblo de Dios: Ellos te veneran como su protector y patrón; en ti la gloriosa Iglesia se regocija con tu defensa contra el maligno poder del infierno; a ti te ha confiado Dios las almas de los hombres para ser establecida en bienaventuranzas celestiales. Ora al Dios de la paz, para que ponga a Satanás bajo nuestros píes, derrotado para que no pueda más mantener al hombre en cautiverio y lastimar a la Iglesia. Ofrece nuestras oraciones a la vista del Altísimo, para que pronto pueda encontrar misericordia a los ojos del señor; y venciendo al dragón la antigua serpiente que es el diablo y Satanás, tú nuevamente lo pongas cautivo en al abismo, para que no pueda ya más seducir a las naciones. Amén.
- Miren la Cruz del Señor; y sean dispersos los poderes enemigos. R:
- El León de la tribu de Judá ha conquistado la raíz de David.
- Qué tu misericordia esté sobre nosotros, oh Señor.
-  Así como hemos tenido esperanza en Ti.
- Oh Señor, escucha nuestra oración.
-  Y deja que mi llanto llegue a Ti.
Oremos
Oh Dios, Padre nuestro, señor Jesucristo, invocamos a tu Santo Nombre, y suplicantes imploramos tu clemencia, para que por la intercesión de la siempre Virgen María, Inmaculada Madre nuestra, y por el glorioso San Miguel Arcángel, Tú te dignes ayudarnos contra Satanás y todos los demás espíritus inmundos, que andan por el mundo para hacer daño a la raza humana y para arruinar a las almas. Amén.
Fuente: Libro de la Devoción a la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo

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