La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación.

La Transfiguración del Señor es particularmente importante para nosotros por lo que viene a significar. Por una parte, significa lo que Cristo es; Cristo se manifiesta como lo que El es ante sus discípulos: como hijo de Dios. Pero, además, tiene para nosotros un significado muy importante, porque viene a indicar lo que somos nosotros, a lo que estamos llamados, cuál es nuestra vocación.

Narra el santo Evangelio (Lc 9, Mc 6, Mt 10) que unas semanas antes de su Pasión y Muerte, subió Jesús a un monte a orar, llevando consigo a sus tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan. Y mientras oraba, su cuerpo se transfiguró. Sus vestidos se volvieron más blancos que la nieve, y su rostro más resplandecientes que el sol. y se aparecieron Moisés y Elías y hablaban con El acerca de lo que le iba a suceder próximamente a Jerusalén.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan "aparte, a un monte alto" (Mt 17:1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchenle" (v. 5).

Es una invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios; El quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4:12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor".

Detengámonos en la contemplación de este pasaje evangélico (cf. Mt 17:1-9), considerando tres aspectos: La Transfiguración como manifestación de la gloria de Cristo, como anuncio de la divinización del hombre y como invitación a sumergirse en la presencia de Dios.

1. La Transfiguración muestra a Jesús en su figura celestial. Su rostro "resplandecía como el sol" y sus vestidos "se volvieron blancos como la luz". Moisés y Elías, precursores del Mesías, conversaban con Jesús.

La voz que precede de la nube confirma la enseñanza de Jesús: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle". Es preciso escuchar a Jesús y cumplir así la voluntad de Dios. San Juan de la Cruz comenta al respecto que sería agraviar a Dios pedir una nueva revelación en lugar de poner los ojos totalmente en Cristo, "sin querer otra cosa alguna o novedad": "Pon los ojos sólo en El, porque en El lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en El aún más de lo que pides y deseas".

La aparición de la gloria de Cristo está relacionado con su Pasión: "La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente" (Benedicto XVI).

2. El evangelio de la Transfiguración habla también de nuestro futuro. A través del Bautismo nos revestimos de la luz de Cristo y nos convertimos nosotros mismos en luz. San Pablo dice a Timoteo: "Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal" (cf. II Tim 1:8-10).

El Catecismo explica que la Transfiguración es, como decía Santo Tomás de Aquino, "el sacramento de nuestra segunda regeneración": nuestra propia resurrección (cf. Cat #556). Cristo, nuestro Señor, transformará en su segunda venida "este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3:21).

3. Los discípulos - Pedro, Santiago y Juan - experimentaron en "una montaña alta" un encuentro con Dios. El monte simboliza siempre el lugar de la máxima cercanía de Dios. En la vida de Jesús están presentes diversos montes: "el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión" (Benedicto XVI).

El monte es el lugar de la ascensión, de la subida interior. Subir al monte equivale a alejarse de la vida cotidiana para sumergirse en la presencia de Dios. El evangelio según San Mateo nos indica que "la experiencia de Dios no es algo exclusivo de unos pocos elegidos y que no sólo los profetas escuchaban la voz de Dios, sino que esto es algo posible para cualquier persona" (M. Grilli - C. Langner).

Meditar sobre la Transfiguración del Señor nos ha de impulsar a centrar nuestra mirada en Jesucristo, Revelador y Revelación del Padre; a llenarnos de esperanza, aguardando nuestra resurrección futura, y a buscar en nuestra vida tiempos y espacios que nos permitan escuchar la voz de Dios.

Guillermo Juan Morado

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HIMNO AL ARCÁNGEL SAN MIGUEL
Oh Jesús, que eres fuerza y luz del Padre,
Oh Jesús, que das vida a nuestros pechos:
Te alabamos en coro con los Ángeles,
Que siempre de tu boca están suspensos.
Millares de celestes capitanes
Militan en las huestes que acaudillas,
Pero es Miguel quien a su frente marcha
Y quien empuña la sagrada insignia.
Él es quien precipita en lo más hondo
De los infiernos al dragón funesto,
Y quien fulmina a los rebeldes todos,
Y quien los echa del baluarte excelso.
Sigamos día y noche a nuestro príncipe
Contra el fiero adalid de la soberbia,
Para que desde el trono del Cordero
Nos sea dada la corona eterna.
Gloria al Padre y que Él guarde con sus Ángeles
A los que, redimidos por su Hijo,
Fueron ungidos desde el firmamento
Por el eterno bien del Santo Espíritu.

SAN MIGUEL ARCANGUEL

San Miguel Arcanguel
Levanta el Crucifijo y reza esta oración con la señal de la cruz. Has esto en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Tú vencerás… Reza esta oración todos lo días, ya que la batalla es enorme:
"Oh Glorioso príncipe de la Hueste Celestial, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla y en el terrible combate que estamos librando contra los principados y Potestades del aire, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, en contra de todos los Espíritus del Mal. Ven en ayuda del hombre, a quien Dios Todopoderoso creó inmortal, hecho a su imagen y semejanza, y redimido por un gran precio, de la tiranía de Satanás. Pelea en este día la batalla del Señor, junto con los santos ángeles, igual que combatiste al líder de los orgullosos ángeles, Lucifer, y a su hueste apóstata, quienes no tuvieron poder para resistirte y tampoco hubo ya lugar para ellos en el cielo. Esa cruel serpiente antigua, llamada el diablo o Satanás, que seduce al mundo entero, fue arrojada al abismo junto con sus ángeles. Mira, este enemigo primitivo y asesino del hombre ha tomado fuerza. Transformado en un ángel de luz, anda alrededor del mundo con una multitud de espíritus perversos, invadiendo la tierra para borrar el nombre de Dios y de Jesucristo, apoderarse, asesinar y arrojar a la eterna perdición de las almas destinadas a la corona de la gloria eterna. Este malvado dragón vierte, como la inundación más impura, el veneno de su malicia en los hombres de mente depravada y corrupto corazón; el espíritu de mentira de impiedad, de blasfemia, y de aire pestilente de impureza, y de todo vicio e iniquidad. Estos astutos enemigos han llenado y embriagado con hiel y amargura esta Iglesia, la esposa del Inmaculado Cordero, y han puesto sus manos impías en sus más sagradas posesiones, con el designio inicuo de que cuando el Pastor sea herido, también las ovejas pueden ser heridas. Entonces levántate, oh Príncipe invencible, dale ayuda al pueblo de Dios en contra de los ataques de los espíritus perdidos. Dale la victoria al pueblo de Dios: Ellos te veneran como su protector y patrón; en ti la gloriosa Iglesia se regocija con tu defensa contra el maligno poder del infierno; a ti te ha confiado Dios las almas de los hombres para ser establecida en bienaventuranzas celestiales. Ora al Dios de la paz, para que ponga a Satanás bajo nuestros píes, derrotado para que no pueda más mantener al hombre en cautiverio y lastimar a la Iglesia. Ofrece nuestras oraciones a la vista del Altísimo, para que pronto pueda encontrar misericordia a los ojos del señor; y venciendo al dragón la antigua serpiente que es el diablo y Satanás, tú nuevamente lo pongas cautivo en al abismo, para que no pueda ya más seducir a las naciones. Amén.
- Miren la Cruz del Señor; y sean dispersos los poderes enemigos. R:
- El León de la tribu de Judá ha conquistado la raíz de David.
- Qué tu misericordia esté sobre nosotros, oh Señor.
-  Así como hemos tenido esperanza en Ti.
- Oh Señor, escucha nuestra oración.
-  Y deja que mi llanto llegue a Ti.
Oremos
Oh Dios, Padre nuestro, señor Jesucristo, invocamos a tu Santo Nombre, y suplicantes imploramos tu clemencia, para que por la intercesión de la siempre Virgen María, Inmaculada Madre nuestra, y por el glorioso San Miguel Arcángel, Tú te dignes ayudarnos contra Satanás y todos los demás espíritus inmundos, que andan por el mundo para hacer daño a la raza humana y para arruinar a las almas. Amén.
Fuente: Libro de la Devoción a la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo

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