Trono de Dios

 XIV domingo después de Pentecostés

Las lecturas del Breviario están  sacadas, o bien del libro santo del Eclesiástico, si el domingo cae dentro del mes de agosto, o del libro de Job, si por el contrario cae en septiembre.

Comentando S. Gregorio el libro de Job, dice: «Hay hombres que se tiran alocados a los bienes deleznables, ignorando que existen los eternos o no haciendo aprecio alguno de ellos. Creados para contemplar la luz de la verdad, no elevan jamás hasta ella los ojos del alma, jamás tienen un deseo, jamás intentan un vuelo hacia la contemplación de la patria perdurable. Abandónanse a los placeres en que se hallan engolfados, y aman, cual si fuera su patria, el triste lugar del destierro. En el abismo de las tinieblas están tan alegres como si una radiante luz los alumbrara.

Los elegidos, por el contrario, no teniendo para ellos los bienes transitorios valor alguno, buscan aquellos para los cuales sus almas fueron criadas. Aprisionados en este mundo por las ataduras de la carne, procuran remontarse por encima de este mundo y toman la saludable resolución de despreciar lo que pasa con el tiempo y de suspirar por las cosas que perduran.   

A Job nos le presenta la Sagrada Escritura como tipo despegado de los bienes de la tierra. «Job sufrió con paciencia y dijo: Si hemos recibido los dones de Dios ¿por qué no recibiremos también los males? El Señor me dio estos bienes, Él me los ha quitado; sea e  l nombre del Señor bendito. «

La misa de este día se halla embebida en los mismos pensamientos.

El Espíritu Santo, cuyas abundantes efusiones recayeron sobre la Iglesia en las fiestas de Pentecostés, formó en nosotros un hombre nuevo, que se opone a las manifestaciones del hombre viejo, o sea, a la concupiscencia de la carne y la busca de riquezas.

El Espíritu de Dios es espíritu de libertad, pues nos hace hijos de Dios nuestro Padre y hermanos de Cristo nuestro Señor. Mas para llegar a redimirnos y alcanzar esa envidiable libertad de los hijos de Dios, para llegar a ser hermanos de Cristo, preciso es crucificar la carne juntamente con sus vicios y concupiscencias, y esclavizar a esa carne que guerrea contra el espíritu (Ep.).

Esos son los dos señores principales que se disputan la posesión y el servicio del hombre; y sin embargo, ya nos dice Jesús en el Evangelio de hoy, que no podemos servir a la vez a dos señores, porque, de intentarlo, no tendríamos contento a ninguno de ellos. Además, no hay lugar a vacilación cuando se trata de escoger un señor a quien servir. Porque a la carne nada le debemos, sino sucias manchas que nos afean y avergüenzan. Nada debemos al mundo, sino ocasiones de traspiés e incitaciones al mal; nada finalmente al demonio. Por eso, nadie ama al demonio, aunque se le soporta con gusto. Nadie tampoco odia a Dios, pero sí se le desprecia, o sea, que no se le teme como quien está seguro de su bondad, olvidando que la paciencia de Dios nos convida a penitencia (Eccli. 6, 6) lejos de animarnos a permanecer encharcados en el mal. (Noct. 3º).

Dios y sólo Dios es nuestro Amo. Él tiene exclusivo derecho a nuestro dominio, a nuestros servicios, derecho de creación y derecho de conquista, pues tuvo a bien rescatarnos del poder de Satanás con muy subido precio». Así, busquemos ante todo servir a Dios con todas veras, porque se lo debemos en estricta justicia y además nos irá bien en su santo servicio. Es buen pagador, al revés del mundo, del demonio y de la carne, los cuales, tras de prometer mucho, dan poco, y aun eso, aguado con mil hieles de pesares y zozobras. Busquemos en todo y siempre el reino de Dios y su justicia (Ev., Com.), o sea, su mayor gloria; que lo demás ya vendrá con esto, porque nada falta a los que le temen, y «a ningún justo se le ha visto abandonado«. Cifremos en Él nuestra esperanza (Gr.), pues Él es nuestro protector (Int.) y hasta envía a su Ángel para librar a los que le sirven (0f.). El es quien conserva nuestra flaca naturaleza, que sin su ayuda, forzosamente había de sucumbir (Or.).

Preocupémonos ante todo de servir a Dios. Cualquiera otra inquietud sería injuriosa para nuestro Padre celestial, el cual nos ama: «Ipse Parer amat vos«, nos ama como a hijos carísimos; por lo cual no puede consentir que nos falte lo necesario aun para la vida del cuerpo, en comida ni en vestido, pues no falta a los mismos animalitos, sin embargo de valer harto menor que nosotros. (1)

TEXTOS DE LA SANTA MISA

Introito. Salm. 83.10-11,2-3.- El cristiano que implora la protección divina recuerda humildemente a Dios que él lo es todo para sus hijos.

Oh Dios! escudo nuestro, levanta los ojos y mira el rostro de tu Ungido; porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos.  Salmo.- ¡Cuán amables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma suspira y desfallece por los atrios del Señor. V/ Gloria.

Colecta.- Te rogamos, Señor, guardes siempre misericordiosa­mente a tu Iglesia; y pues sin ti no puede sostenerse la humana naturaleza mortal, haz que tus auxilios la preserven siempre de lo nocivo y la dirijan a lo salu­dable. Por nuestro Señor.

Epístola. Gal. 5.16-24.-

Hermanos: Vivid según el espíritu y no satisfaréis los apetitos de la carne. Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu, contrarios a los de la carne; son entre sí opuestos, por lo cual no hacéis lo que queréis. Mas si os conduce el Espíritu, no estáis bajo la Ley. Manifiestas son las obras de la carne: fornicación, deshonestidad, lujuria, idolatría, magia, enemistades, pleitos, enojos, celos, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, orgías, y cosas parecidas. Os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios. Al contrario, los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimi­dad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Contra tales cosas no hay Ley. Pero los que son de Cristo, han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias.

Gradual. Salm.117.8-9.- Mejor es confiar en el Señor que confiar en el hombre. V/ Mejor es esperar en el Señor que esperar en los príncipes.

Aleluya. Salm. 94.1.- Aleluya, aleluya. V/. Venid, cantemos alegres al Señor; aclamemos a Dios nuestro Salvador. Aleluya.

Evangelio. Mat. 6.24-33.-

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Nadie puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Por tanto os digo: No os inquietéis por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No es más el alma que la comida, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. Pues ¿no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, a fuerza de discurrir, puede añadir un codo a su estatura? y ¿por qué inquietaros por el vestido? Obser­vad cómo crecen los lirios del campo; no trabajan, ni hilan. Y, sin embargo, yo os digo que ni Salomón en toda su gloria llegó a vestirse como uno de estos lirios. Pues si al heno del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Por estas cosas se afanan los paganos. Mas sabe vuestro .Padre celestial que las necesitáis. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia; y todo lo demás se os dará por añadidura. CREDO.

Ofertorio. Salm. 33.8-9.-  Acampará el ángel del Señor alrededor de los que le temen, y los librará; gustad y ved cuán bueno es el Señor.

Secreta.-  Te rogamos, Señor, nos concedas que esta hostia saludable nos purifique de nuestros pecados y atraiga sobre nosotros el favor de tu potestad. Por nuestro.

Prefacio de la Santísima Trinidad.-  En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino .en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confe­sando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y los Serafines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. .Santo…

Comunión.-  Buscad primero el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura; -dice el Señor-.

Poscomunión.-  Oh Dios!, que tus sacramentos nos purifiquen y defiendan siempre; y produzcan en nosotros como efecto  la salvación eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

TEXTOS DE LA MISA EN LATIN: http://www.rosarychurch.net/latin/pent14.html

COMENTARIO

Como habitualmente, reproducimos el comentario meduloso y erudito del Padre Castellani, luego unas citas de los Santos Padres y por último nuestro propio comentario sobre algunos temas actuales vinculados a la Palabra de hoy.

 

COMENTARIO DEL PADRE CASTELLANI 

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS [Mt 6, 24-33] Mt 6 24-34

En el evangelio que se lee hoy (Mateo VI y Lucas XII) Cristo nos propone como ejemplos a los Pajaritos y a los Lirios: los Pajaritos no siembran ni ensilan y siempre tienen que comer; los Lirios no hilan ni cosen y están muy bien vestidos. Parece demasiado poético, y hasta ha parecido a algunos una exhortación a la gandulería general.  Mas en esta parábola nos prohíbe Cristo la Solicitud Terrena, que trae consigo la angurria de riquezas, la cual arrastra tras de sí males innumerables. Después de haber dicho:

 

  Ningún siervo puede servir   A la vez a dos señores   Vosotros no podéis servir   A Dios y a las Riquezas…

 

 Cristo prevé la réplica obvia: “¡es que el dinero es necesario para vivir!”; y persigue a la angurria de dinero en su último escondrijo, diciendo no solamente: “No os esclavicéis al dinero” sino “Despreciad el dinero”.  León Bloy, Péguy y Kirkegor han glosado esta parábola; el Pobrecito de Asís y otros innumerables la han vivido. Ella inspiró a Kirkegor tres sermones sólidos como Bossuet y tan refinados y poéticos como Vieyra, si no nos engaña nuestra devoción al jorobadillo danés. Pero no sirven para la Argentina. Dios quiera que éste sirva.  ¡Pero esta parábola no se puede cumplir hoy día!  Cuenta André Suarès que una congregación católica norteamericana ha pedido al obispo de Nueva Orleans o de Michigan que la declare “un aditamento poético de la predicación de Cristo”.  No me fío mucho de lo que dice André Suarès de los “Knights of Columbus” no los quiere nada a los yanquis. Pero es verdad que el Papa León XIII condenó el 22 de enero de 1899 en carta al cardenal Gibbons –y en un latín bastante dudoso– un error que él llama “americanismo”; que entre otras cosas opinaba en contra de la pobreza voluntaria de las órdenes y la pobreza en general; y el sufrimiento, y las virtudes pasivas y la actitud contemplativa en el hombre: “antiguallas de la Edad Media”. Y por ese mismo tiempo, un prócer argentino, en un momento de ligereza, opinó lo mismo. Dijo que si una nación aceptara la moral evangélica en lo que atañe al dinero, se iba por un tubo a la bancarrota: que en eso Jesús no era buen Maestro ni buen ejemplo. Jesús fue un lírico y un gran moralista teórico; se le puede llamar con Renán “el sublime poeta de lo Ético”; pero estaba flojito en Economía Política. En eso, Benjamín Franklin le daba ciento y raya. Si un hombre quisiera vivir hoy como “las Aves del Cielo”, se exponía a los peores peligros, iba derecho al naufragio, y sobre todo ¿qué dicen de la Productividad”? Eso de despreciar al Ahorro, la virtud primera de un hombre realmente moderno, eso puede estar bien para los españoles, los napolitanos y otros pueblos cantores y atrasados; pero los argentinos no han nacido para lazzarones Leed el Evangelio si queréis; en Norteamérica lo leen mucho; pero leedlo con grandísima precaución. Hasta aquí el prócer.  Muy bien; no pedimos otra cosa: mal leído el Evangelio hace mal. De un versillo del Evangelio mal entendido, se puede sacar una herejía. De hecho, sobre este texto de los Pajaritos y los Lirios se hizo la herejía medioeval de los Fraticelli. Y de otros textos han salido docenas de herejías; de las cuales ninguna peor que la de Renán, de la cual nuestro prócer estaba un poco tocado; aunque se libraba de ella cuando empleaba su robusto sentido común sanjuanino.  Estoy seguro que este “americanismo” lo dijo un prócer; aunque ahora no les puedo decir seguro la página dónde. Cuando éramos chicos nos lo ensenaba de memoria el gallego Mendizábal, que en realidad no era gallego sino boliviano naturalizado paraguayo y maestro argentino; y el otro día no más, lo echó por Radio un escritor judeoargentino, amigo mío. No hay duda de eso. Además, que despreciar el dinero es ser sobremanera imprudente, eso lo saben todos los argentinos, sin necesidad que lo diga ningún prócer.  Cristo vivió como las Aves del Cielo y los Lirios del Valle; y no fue un imprudente. Tampoco fue “un mendigo”, como dice en algún lado Kirkegor; aunque es verdad que “no tenía dónde reclinar su cabeza” durante los tres años de su predicación, que fue su trabajo fuerte. Tenía un oficio y lo sabía bien: de joven fue artesano, de hombre fue rabbí o Recitador-Instructor ambulante; que no era entonces oficio de negros, sino muy necesario, reconocido y honrado en Israel, tan importante como seria por ejemplo nuestros tiempos el de predicador-profesor-periodista todo en uno. Yo soy eso; y tengo donde reclinar la cabeza aunque sea un poco duro; Cristo no tuvo. Le daba por no cobrar sus Recitales; y a veces hasta regalaba pan, peces y curaciones instantáneas y gratuitas encima de sus Improvisaciones; pero lo importante para El eran las Improvisaciones, que irradiaba por una especie de megáfono o micrófono viviente rústico. Sabía que tenía fuerzas físicas para trabajar hasta que muriese; y sabía que había de morir joven, y no necesitaba acogerse a “los beneficios de la jubilación”. Yo, lo confieso, me he acogido a los “beneficios de la jubilación”; solamente que me he acogido hace dos años, y los “beneficios” todavía no han venido.  Cristo no predicó la haraganería ni la supresión de la prudencia. La prudencia la conocieron Aristóteles, Cristo, Santo Tomás, San Francisco de Asís, y hasta César Tiempo: es la más importante de las virtudes morales, sin la cual todas las otras se convierten en vicio. Cristo no predicó que no había que trabajar, que no había que pensar en los hijos ni en la vejez, que no habla que guardar el dinero, como los “fraticelli”; aunque nunca tocó con sus manos una moneda según parece: pues cuando lo interrogaron acerca del tributo al César, dijo: Mostradme una moneda.” Judas llevaba las monedas de todos y San Pedro tenía unas monedas de 0,50 para hacer ruido como un chiquilín y jugar a cara y cruz. Pero el caso es que Jesús tenía bolsa, y sabía tan poca economía política que se dejó robar lo mismo que el vivísimo pueblo argentino. Mas Tomás de Aquino, que era fiel discípulo de Jesús y además religioso mendicante sabía economía política, y más sólida que la de hoy. En su Tratado para el Príncipe enseña que las naciones han de tratar de ser ricas; es decir, que el Rey debe tener riquezas, no para él sino para el pueblo todo A un obispo argentino que decía que “un obispo debe ser pobre”, le contesto, rectamente a mi entender, un religioso: “Sí, monseñor, debe ser pobre pero no como un religioso: un obispo debe tener bienes de fortuna, no para él, sino para los sacerdotes pobres primero; para el pueblo pobre segundo; y después para el culto divino”; y si hubiese añadido: “y para editar los libros religiosos de los escritores católicos, como el Padre Baransky, que no encuentra un solo editor en esta nación católica .” no hubiese estado mal tampoco. Coincidía con Santo Tomás, dominico, y con Mamerto Esquiú, franciscano.  Todas las órdenes religiosas al nacer se propusieron no tener riquezas; y algunas, vivir de meras limosnas: las mendicantes. Pero después piensan que guardar dinero solamente para un año más o menos, no está mal; en lo cual aprueba Santo Tomás y San Jerónimo; pero quien dice un año dice dos o diez o cincuenta; y así poco a poco se adentra a veces la

Solicitud Terrena; y llegan a pensar a veces que si no tienen dinero para un siglo –pícara natura humana– no pueden hacer ningún bien a las almas. El Padre Nodier escribía en 1770 – más o menos– a su Superior el General de los jesuitas: “Pienso que los cofres de oro que hay en nuestros Colegios y los negocios del P. Villeneuve nos pueden hacer muchísimo daño…”. El P. Villeneuve quebró; y 6 años después los jesuitas fueron despojados de todos sus bienes, echados de Francia, echados de España, de sus Colonias –donde trabajaban estrenuamente– y de todas las naciones borbónicas; y después suprimidos por Clemente XIV. ¡Culpa de los franceses! Y un poquito culpa de nosotros, digamos la verdad; excepto del P. Nodier y muchos otros, que sufrieron inocentes por culpa de unos pocos miopes.  Cristo no nos manda ser imprevisores, nos manda vencer en nosotros la Solicitud Terrena: “No andéis solícitos y ansiosos por lo que habéis de vestir o de comer, o por el día de mañana: el día de mañana se trae su propia ansiedad, no la asumáis hoy… Mirad las Aves del Cielo… ¿Hay alguno de vosotros que pueda añadir un trecho al tiempo de su vida?”7.  La Solicitud Terrena ha de ser vencida por el cristiano con todos los medios, aun los más atrevidos, como “vender todo lo que tienes y darlo a los pobres”, en algunos casos; porque ella es la raíz de la avaricia y de muchos otros desórdenes. La avaricia es un pecado jefe, que manda a otros muchos. ¡Si lo sabremos los argentinos! sometidos al capitalismo inglés, que es una concreción sociológica de la avaricia en los ricos; o el socialismo ruso, que es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres; porque Solicitud Terrena pueden tener tanto los ricos como los pobres, sin Cristo.  Dicen los filósofos de hoy que todos los hombres nacemos con Angustia; o mejor traducido el Angst germano, con temor, inquietud, ansiedad, Desasosiego. Los pobres poetas lo habían dicho antes:

 

  Inútil la fiebre que aviva tu paso   no hay nada que pueda matar tu Ansiedad   por mucho que tragues. El alma es un vaso   que sólo se llena con eternidad…   ¡Qué misero eres! Basta un soplo leve   para helarte. Cabes en un ataúd…   ¡Y el espacio inmenso del cielo te es breve   y la tierra es corta para tu Inquietud!

 

 El Desasosiego no se puede suprimir. Se puede convertir en tres cosas: o en Inquietud Religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna; en Solicitud Terrena, la cual es mala y prohibida por Cristo; y en Angustia Demoníaca, la cual es pésima. Pero la Solicitud Terrena es lo más común; es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno privado de lo Sobrenatural está como sumergido en ella. Dicen que es el motor del Progreso, sí, pero el Progreso moderno está embestido por una “fiebre que aviva su paso” demasiadamente. Corre lo más que puede, con peligro de dar el gran Encontronazo. ¡Y cuántos tropiezos no ha dado ya!  Cristo no mandó a los Lirios del Valle que desenterrasen sus raíces, ni a las Aves del Cielo (a los “cuervos”, como dice San Lucas) que volasen cabeza abajo. El estaba vestido como un lirio en su conducta –y hasta en su atuendo, limpio siempre y blanco como luz de luna– y cantaba como las aves en su predicación. Los que pueden imitarlo en todo y vivir como Él, que lo hagan y se metan de ermitaños urbanos o Padres de Don Orione –¡ojo con las órdenes ricas!– y se arrojen en los brazos de la Providencia y naveguen esta vida sobre un lancha rota sobre 10.000 metros de agua. No es para todos, sino para quienes Dios llama. Pero todos deben arrojar de sí la angurria del dinero –¿para qué diablos quieres tener 1.600 millones de pesos, oh ingenuo Creso argentino, que no los puedes gastar con todos tus hijos naturales en toda su vida? –, vicio netamente argentino, si los hay. Este vicio ha hecho muchísimos males en este pobre país, “en este país ubérrimo, tierra de promisión para todos los vivos del mundo que quieran habitarla”; y el primer mal, hacerlo pobre como país. ¡Cómo! Sí, señor, como usted lo oye. ¡Éste es un país muy rico! ¿Dónde están los ricos en la Argentina? digo yo. Yo no los veo. Estarán escondidos. Muchos más ricos y más riquezas verdaderas veo yo en un país “pobre” de Europa, como Italia o Alemania Oeste, que en esta “tierra de promisión”. Será que yo no entiendo de economía política, lo mismo que Jesucristo, ¡helás!  A mí se me hace que estamos más atrasados que los lazzarones napolitanos. La Argentina es un país pobre en acto y rico solamente en potencia; rico para los demás (para los vivos). La Argentina es un país un poco sonso, empezando por mí. Aquí se ha descabezado a la “inteligencia”, no se ha permitido nacer a un Tomás de Aquino ni de lejos; y un país sin cabeza necesariamente es un poco sonso, cosa que vio no sólo Tomás de Aquino, sino hasta Enrique VIII de Inglaterra y hasta Eisenhower, si me apuran.  Lean el librito Hacia la liberación, de Ramón Doll, o Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de José María Rosa. Éstos saben economía política. Verán que este país ha sido poco inteligente; y por tanto, ahora es pobre.  Cuanto a mí yo prefiero la economía de Jesucristo: es la más sencilla. Las naciones católicas, si desaprenden su propia economía, no aprenden tampoco la de los protestantes o la de los judíos. “El que desaprende a su padre, no aprende nada del vecino”, dicen los proverbios”(8) Aquí está la solución de la decantada “cuestión social”. El problema social de la lucha de clases por el dinero desaparecería cuando la Sociedad pudiese decir a sus miembros las palabras de Jesús: “No andéis ansiosos por vuestra vida, qué habréis de comer, o por vuestro cuerpo, qué habréis de vestir: la comunidad tiene cuidado de eso, Servid a la patria libremente como caballeros y la Patria cuidará de vosotros como madre…”. Es degradante para el alma humana tener atados sus pensamientos, que le son necesarios para ir más arriba, por la molienda del sustento cotidiano y el temor del porvenir, la vejez, los eventos desdichados y la miseria. Lo que conturba al proletario actual es más la inseguridad tal vez que la impecuneidad en sí misma. La pobreza es una bendición, porque es un Purgatorio, pero la miseria es un Infierno.  El espíritu del cristianismo es este: Haced por amor vuestra obra; y dejad que vuestros prójimos os alimenten y vistan también por amor. Éste es de hecho el espíritu del estado religioso.  Parece que hay aquí un círculo vicioso; pues ni la Sociedad ni el Individuo pueden dar con seguridad el primer paso. Si el Individuo tiene que esperar para despreocuparse que la Sociedad sea perfecta… y la Sociedad no puede serlo si antes no lo son sus miembros, parece que estamos en plena utopía idílica. Pero Cristo rompió ese círculo, invitó a los mas fervientes, espirituales y corajudos a dar el salto; a renunciar a todo osadamente por puro amor de Dios –por imitar lo a Él– sin seguridad previa sino la de la Providencia, a sus riesgos y peligros: “a embarcarse en canoas escoradas”, como dice Kirkegor. Lanzó a la brecha un pequeña falange de “desesperados”, como si dijéramos; los cuales con su vida de pobres voluntarios: 1) Prueban que es posible la cosa, vivir “como las Aves del Cielo y las Flores del Campo”; 2) incitan con su ejemplo a los demás al despego y la confianza; 3) viviendo con lo mínimo, regalan el resto a los demás, dejan mayor margen de bienes temporales a la humanidad en general; pues paradojalmente nadie da más que el que poco tiene; y el que todo lo deja mucho regala.  A estos dos puntos, el mandato de huir la solicitud (madre del temor, la avaricia y la explotación del trabajo ajeno) y el consejo de la pobreza voluntaria, se añade el “Vae vo bis divitibus”, es decir: los tremendos anatemas de Cristo a las riquezas y a los ricos, bastante olvidados quizás en la actual predicación del Evangelio. Haciendo sospechosas y peligrosas a las riquezas superfluas, Cristo opone a su tremenda y omniactuante atracción natural el contrapeso religioso; facilitando de ese modo su distribución justa, en la medida posible a la dañada natura humana.  Estas tres formidables palancas crearon lentamente en la Cristiandad lo que hoy llaman justicia social”, primero en la práctica que en la teoría; y suscitaron fuertes estamentos o instituciones que iban poco a poco acercándose al ideal de la Sociedad-que-cuida de susmiembros. Si hoy día en que el Estado se va convirtiendo en uno de los primeros explotadores, esto parece puro lirismo, la culpa no la tiene Cristo, y las catástrofes que hemos visto y las que nos amenazan, han dejado buenas todas sus palabras, como confiesa el mismo Marx y otros socialistas, como Bernard Shaw. Es curioso que cuando los Estados se volvieron virtualmente ateos y dijeron: “La religión es asunto primado”, la irreligión se convirtió en asunto público; y cuando los Reyes dijeron a los súbditos que no tenían por qué pensar en la salvación de las almas, tuvieron que empezar a pensar en la salvación de sus cabezas coronadas. “–Todas las religiones son buenas” –dijo el siglo XIX; y nuestro siglo ha tenido que añadir apresuradamente: “–¡Menos el comunismo!”  La pálida sonrisa con que Cristo subió a los cielos –visible en aquellas palabras “¿Aún vosotros no creéis todavía?”– se ha ido desvaneciendo al correr de los siglos, al ver que el mundo fracasaba cada vez más a medida que seguía sus enseñanzas cada vez menos. Y si nos dejó con una sonrisa triste, no volverá sino con un trueno..(Hasta acá Castellani) (2)

 

NOTAS PROPIAS DE CASTELLANI 

7)“Añadir un codo a su estatura”, dice la Vulgata; lo cual también es verdad desde luego, pero no es el texto

8) Se ha dicho que “Cristo no dio soluciones de la cuestión social (Ernesto Renán, Vie de Jésus) porque su interés rodo fue salvar las almas individuales y no reformar la sociedad ni hacer Política alguna: pues su idílica moral individual de campesino galileo no percibía los condicionamientos sociales ni los problemas colectivos… Esta opinión ha sido también de algunos católicos como Auguste Nicolas, el P. Ventura Ráulica, Donoso Cortés… Es un error.

LOS SANTOS PADRES

Evangelio según san Mateo, 6:24-24

«Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas». (v. 24)

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 21,1

Ya había el Señor refrenado la tiranía de la avaricia con muchas y grandes razones pero ahora añade otras más amplias. Las riquezas no nos dañan precisamente porque arman a los ladrones contra nosotros y porque oscurecen nuestra inteligencia, sino porque también nos separan de Dios. Y esto lo prueba con una razón muy fácil de comprender: «Ninguno puede servir a dos señores». Dice dos, porque mandan cosas contrarias. Si se entendiesen no serían dos sino uno, y manifiesta esto por lo que añade en seguida: «Porque aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará». Pone dos para demostrar que es fácil el tránsito a otra cosa mejor, diciendo: «Me he hecho esclavo del dinero» (amando las riquezas). Y demuestra que es posible llegar a otro estado, a saber, no sufriendo la esclavitud, sino despreciándola.

San Jerónimo

La palabra mammona en siríaco quiere decir riquezas. Oiga esto el avaro que se honra con el nombre de cristiano: no se puede a la vez servir a Dios y a las riquezas. Y sin embargo no dijo: «El que tiene riquezas», sino: «El que sirve a las riquezas». El que es esclavo de las riquezas las guarda como esclavo, pero el que sacude el yugo de su esclavitud, las distribuye como señor.

San Agustín, de sermone Domini, 2, 14

El que sirve, pues, a la mammona (esto es, a las riquezas) también sirve a aquel que, puesto a la cabeza de todas ellas por razón de su perversidad, es llamado por Dios príncipe de este mundo. O de otro modo, manifiesta quiénes son estos dos señores cuando dice: «No podéis servir a Dios y a las riquezas», o lo que es lo mismo, a Dios y al diablo, porque el hombre aborrecerá a éste y amará al otro (esto es, a Dios), o sufrirá al uno y despreciará al otro. Sufre un duro dominio todo el que sirve a las riquezas. Cegado por su codicia, vive sometido al diablo, y no lo quiere. Como aquel que está unido a la sierva de otro por la concupiscencia, sufriendo una dura esclavitud, aun cuando no ame a aquél cuya sierva ama. Obsérvese que ha dicho: «Y despreciará al otro», y no: «Le aborrecerá», porque apenas hay conciencia que pueda aborrecer a Dios. Mas se le puede despreciar, esto es, no temerle a causa de la confianza que inspira su bondad.

Evangelio según san Mateo, 6:25-25

«Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, ni para vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido?» (v. 25)

San Agustín, de sermone Domini, 2, 15

El Señor había enseñado antes que aquel que quiere amar a Dios y cuidar de no ofenderlo no debe hacerse la ilusión de que puede servir a dos señores a la vez, con el fin de que el corazón no se divida, aunque ya no busque las cosas superfluas y sí las necesarias. Así, con el objeto de que la intención no se incline a separarse de unas y de otras, añade diciendo: «Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, etc.»

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 21,2

No dijo esto porque el alma necesite de comida (pues es incorpórea), sino que habló según era común costumbre. Por lo demás, el alma no puede permanecer en el cuerpo si éste no se alimenta.

San Agustín, de sermone Domini, 2,15

Debemos creer que aquí se entiende por alma la vida sensible.

San Jerónimo

En algunos códices se ha añadido: «Ni qué bebáis». Luego se refiere a aquello que la naturaleza concede a las fieras, a las bestias y también a los hombres, y siéndonos esto común, no podemos vivir libres de este cuidado. Pero se nos manda que no andemos solícitos acerca de lo que hemos de comer, porque con el sudor de nuestra frente debemos prepararnos el pan. El trabajo debe ejercitarse, mas se debe evitar el afán. Lo que aquí se dice debemos entenderlo respecto de la comida carnal y del vestido. Por lo demás, respecto de las comidas espirituales y de los vestidos, siempre debemos ser solícitos.  

San Agustín, de haeresibus, 57

Se llaman euquitas, ciertos herejes que opinan que no es lícito al monje trabajar para sostener la vida, y que por lo tanto, todos los monjes deben hacer profesión de abstenerse en absoluto del trabajo.

San Agustín, de opere monachorum, 1ss

Dicen, pues: no les mandó el Apóstol que se ocupasen en trabajos corporales, en los que se ejercitan los labradores y los artesanos, cuando dijo ( 2Tes 3,10): «El que no quiera trabajar que no coma». Y no podría en absoluto ser contrario al Evangelio, cuando dice el Señor: «Por lo tanto os digo: No andéis solícitos».

En las palabras del Apóstol debemos entender los trabajos espirituales, acerca de los que dice en su primera carta a los fieles de Corinto ( 1Cor 3,6): «Yo he plantado, Apolo ha regado». Y así piensan obedecer a la vez a la sentencia apostólica y evangélica, admitiendo que el Evangelio mandó no cuidarse de la indigencia corporal de esta vida, y que el Apóstol dijo del trabajo y la comida espiritual: «El que no quiere trabajar que no coma». Primeramente probemos que el Apóstol quiso que los que sirven a Dios se ejerciten en trabajos corporales. Había empezado diciendo ( 2Tes 3,7-10): «Vosotros sabéis cómo debéis imitarnos: nosotros no hemos andado inquietos entre vosotros, ni hemos comido el pan de alguno sin ganarlo antes; puesto que hemos pasado el día y la noche sufriendo con el trabajo y la fatiga para no ser gravoso a ninguno; no porque no tuvimos poder, sino para enseñaros a vivir en la forma en que nos debéis imitar. He ahí por qué, mientras hemos estado entre vosotros, os hemos dicho que, si alguno no quiere trabajar, no coma». ¿Qué puede decirse respecto de esto, cuando con su ejemplo había enseñado lo mismo que mandaba, esto es, a trabajar corporalmente? Que el Apóstol trabajaba corporalmente se manifiesta en los Hechos de los Apóstoles ( Hch 18,2-3) con este pasaje: «Permaneció con Aquila y con su mujer Priscila, trabajando con ellos; eran, pues, constructores de tiendas de campaña» ( Hch 18,3). Y sin embargo Dios había constituido al Apóstol como predicador del Evangelio, como soldado de Cristo, como plantador de su viña, como pastor de su rebaño, y por lo tanto para que viviese del Evangelio. El, con todo, nunca exigió lo que se le debía, para dar ejemplo a los demás que desean exigir aun lo que no se les debe.

Oigan, pues, los que no tienen el poder que aquél tenía, para que trabajando, no ya solamente con el espíritu, coman el pan ganado con su trabajo corporal ( Hch 21). Si son evangelistas, si son ministros del altar, si son los que administran los sacramentos, tienen facultades para ello. Si acaso tenían algo en el mundo con lo que pudiesen fácilmente y sin trabajo material sostener esta vida, después de convertirse al Señor lo distribuyeron a los pobres. Debe creerse su imposibilidad de ganar el pan y proveer a sus necesidades, y no atender al lugar en el cual han invertido lo que tenían, puesto que todos los cristianos forman una sociedad ( Hch 22). Pero en cuanto a los que vienen a la profesión del servicio de Dios dejando la vida rústica, el taller u otra profesión manual, no pueden excusarse de trabajar. De ningún modo conviene que allí donde los senadores trabajan, los obreros vivan ociosos, y que adonde vienen después de haber abandonado sus complacencias los que fueron dueños de predios, allí se hagan delicados los rústicos. Así cuando el Señor dice: «No queráis andar solícitos», no lo dice con el objeto de que no busquen lo necesario con lo que puedan vivir honradamente, sino para que no se fijen en estas cosas, y que no sea por ellas que hagan todo lo que se manda en la predicación del Evangelio, cuya intención llamó ojomás arriba.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 21,2

Puede continuarse de otro modo. Habiendo dicho el Señor que debe despreciarse el dinero para que algunos no dijesen: «¿Cómo podremos vivir si abandonamos todo?», añade: «Y por lo tanto os digo: No andéis solícitos», etc.

Glosa

Esto es, por las cosas temporales, para que no prescindáis de las eternas.

San Jerónimo

Se nos manda que no andemos solícitos acerca de lo que hemos de comer, porque nos buscamos la comida con el sudor de nuestra frente. Por lo tanto debe trabajarse, pero debe evitarse la preocupación.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Debe adquirirse el pan, no por medio de afanes espirituales, sino por medio de trabajos corporales, cuyo pan abunda para los que trabajan puesto que Dios se lo concede como premio de su laboriosidad y se lo oculta a los perezosos como castigo. Confirma, pues, el Señor nuestra esperanza, razonando así de mayor a menor: «¿Acaso el alma no vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido?».

San Jerónimo

El que asiente a lo mayor también asentirá a lo menor.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Si Dios no hubiera querido conservar lo que existía, no lo hubiera creado. Pero a lo que ha creado para que se sostenga por medio del alimento, es preciso que le dé la comida, tanto tiempo cuanto quiere que exista lo que ha hecho.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5

O de otro modo, como el sentido de estas palabras se ha adulterado respecto del cuidado que debemos tener por las cosas futuras, y como los infieles se han burlado respecto de lo que habrá de suceder con los cuerpos en la futura resurrección y de lo que constituirá el alimento en la vida eterna, Dios reprende por lo tanto la malicia de esta cuestión tan inútil, diciendo: «¿Acaso el alma no es más que la comida?». No permite, pues, que nuestra esperanza acerca del porvenir en la resurrección se detenga con preocupación de la comida, de la bebida y del vestido, con el fin de que con esa inquietud por las cosas mínimas no se infiera ofensa alguna al que ha de devolvernos el cuerpo y el alma.

 

Evangelio según san Mateo, 6:26-27

«Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en hórreos; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no sois vosotros más que ellas? ¿Y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo a su estatura?» (vv. 26-27)

 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Después que ha confirmado nuestra esperanza el divino Maestro razonando de mayor a menor, ahora vuelve a confirmarla razonando de menor a mayor, cuando dice: «Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan».

San Agustín, de opere monachorum, 23

Algunos dicen que no deben trabajar, por la misma razón que las aves del cielo ni siembran ni siegan: ¿por qué no atienden a lo que sigue: «Ni recogen en graneros»? ¿Por qué éstos quieren tener sus manos ociosas, y a la vez llenos sus almacenes? ¿Por qué, finalmente, muelen y cuecen? Las aves del cielo no hacen estas cosas. Y si encuentran algunos a quienes esto persuada, que les traigan todos los días comidas preparadas. Por lo menos sacan agua de las fuentes, o de las cisternas, o de los pozos, los agotan y los reponen, lo cual no hacen las aves. Mas si ni aun se ven precisados a llenar sus vasos de agua, han adelantado con un nuevo grado de virtud aun a los primeros cristianos de Jerusalén, quienes hicieron pan, o procuraron que se hiciese del trigo que se les había enviado de Grecia, lo cual no hacen las aves. No pueden tampoco observar estas cosas, esto es, el no guardar para mañana, aquellos que se separan por muchos días del trato de los hombres, y se encierran, no permitiendo la entrada a nadie, viviendo con el alto fin de hacer oración.

Cuanto más santos son, más desemejantes se muestran de las aves. Por consiguiente, lo que dice el Señor respecto de las aves del cielo, se refiere a convencernos que ninguno debe creer que Dios no se cuida de procurar lo necesario a los que le sirven, siendo así que su Providencia se extiende hasta gobernar estas cosas. Y no se diga por esto que Dios no alimenta a aquellos que trabajan con sus manos, ni por aquello que dijo el Señor ( Sal49,15): «Invócame en el día de la tribulación, y te sacaré de ella», no debió huir el a Apóstol ( Hch 9), sino esperar que lo prendiesen y que Dios lo librase, como a los tres niños de en medio del fuego. Así como los santos al huir de este modo podían contestar a esta dificultad, diciendo que no deben tentar a Dios, sino que entonces Dios, si quisiese, haría tales cosas para librarlos como libró a Daniel ( Dn 6) de entre los leones y a San Pedro de las cadenas ( Hch 12) cuando ellos no podían hacer nada y que, por otra parte, aunque les permite la huida y por medio de ella pueden librarse, no son ellos, sino Dios quien los libra. Así también los siervos de Dios, que pueden ganarse el sustento con sus manos, si alguno les argumenta con las palabras del Evangelio en esta parte que habla de las aves del cielo que ni siembran ni siegan, pueden responder con toda oportunidad: «Si nosotros por alguna enfermedad u ocupación no podemos trabajar, el Señor nos alimentará, como alimenta a las aves del cielo que no trabajan. Cuando podemos trabajar, no podemos tentar a Dios, porque todo lo que podemos hacer, lo podemos por su auxilio, y todo el tiempo que aquí vivimos, por su largueza vivimos, pues nos ha dado el que podamos vivir, y El nos alimenta del mismo modo que alimenta a las aves, como se dice: «Y vuestro Padre celestial las alimenta: ¿acaso no se cuidará de vosotros con mucha más razón?…».

San Agustín, de sermone Domini, 2, 15

Esto es, vosotros valéis mucho más, porque siendo seres racionales, como lo es el hombre, se os ordena todo con mucha más razón, según la naturaleza de las cosas, que respecto de los seres irracionales, como son las aves.

San Agustín, de civitate Dei, 11, 16

Además, también suele considerarse alguna vez como más estimable un caballo que un criado y una piedra preciosa más que una criada, no por razón de su inteligencia, sino por la necesidad del que lo procura o por el deseo del que lo quiere.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Dios ha hecho todos los animales para el hombre, y al hombre para sí. Cuanto más interesante es, pues, la creación del hombre, tanto mayor es el cuidado que Dios tiene por él. Si, pues, las aves que no trabajan encuentran qué comer, ¿no lo encontrará el hombre, a quien Dios le ha concedido la ciencia de trabajar y la esperanza de enriquecerse?

San Jerónimo

Hay algunos que, queriendo exceder a sus padres y volar a regiones más altas, caen al abismo. Estos tales entienden por «las aves del cielo» los ángeles y las demás potestades que actúan en servicio de Dios (sin cuidado propio) y son alimentados por la providencia. Si esto es así, como quieren entender, ¿por qué se dicen a los hombres las palabras siguientes: «Acaso no valéis vosotros más que todas éstas»? Sencillamente, pues, se entiende que si las aves son alimentadas por la providencia de Dios, sin cuidados ni trabajos por parte de ellas, siendo así que hoy existen y mañana no existirán, ¿con cuánta más razón los hombres, a quienes se les ofrece la eternidad?

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5

Puede decirse que bajo el nombre de aves se nos exhorta con el ejemplo de los espíritus infernales, a quienes se les concede, sin que trabajen para buscar y reunir su alimento, cuanto necesitan para vivir por medio de la disposición divina. Y para dar a entender que esto se refería a los espíritus infernales, añade oportunamente: «¿Pues no sois vosotros mucho más que ellas?», manifestando con la excelencia de la comparación, la diferencia que existe entre la santidad y la malicia.

Glosa

Enseña, no sólo con el ejemplo de las aves, sino también con la experiencia, que no es suficiente nuestro cuidado para que podamos subsistir y vivir, sino que es necesaria la acción de la divina providencia, diciendo: «¿Quién de vosotros, discurriendo puede añadir un codo a su estatura?»

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Dios es quien todos los días hace que nuestro cuerpo crezca, sin conocerlo nosotros. Si, pues, la providencia de Dios obra todos los días en ti mismo, ¿cómo podrá decirse que cesará en las cosas indispensables? Si, pues, vosotros pensando no podéis añadir una pequeña parte a vuestro cuerpo, ¿cómo, pensando también, podréis salvarlo todo entero?

San Agustín, de sermone Domini, 2,15

Podría referirse a lo que sigue, como si dijese: «No se ha hecho por cuidado vuestro el que vuestro cuerpo haya llegado a la estatura que tiene, y de aquí puede desprenderse que, aunque queráis añadirle un solo codo, no podréis. Dejad, pues, al Señor el cuidado de formar el cuerpo, por cuyo cuidado ha sido hecho y ha llegado a la estatura que tiene».

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5

O de otro modo, así como afirmó la fe acerca de nuestra sustancia vital con la enseñanza sobre los espíritus, así también alejó del juicio de la común inteligencia la opinión acerca de nuestra futura apariencia. Porque si ha de resucitar en un hombre perfecto la diversidad de los cuerpos que han tenido vida, sólo El puede añadir a la estatura de cada uno un codo, y un segundo, o un tercero; y al preocuparnos acerca del vestido (esto es, de la apariencia de los cuerpos), estamos dudando y así ofendiendo a Aquel que, para hacer igual a todo hombre, habrá de añadir una medida adecuada a los cuerpos humanos.

San Agustín, de civitate Dei, 22, 15

Pero si Jesucristo resucitó con la misma estatura, es una necedad el decir que (cuando venga el tiempo de la resurrección general) habrá de añadirse al cuerpo de Jesús una magnitud que no tenía cuando se apareció a sus discípulos en aquélla en que era conocido, para poder hacerse igual aun a los más altos. Si decimos que los demás cuerpos, ya grandes, ya pequeños, habrán de igualarse al de Jesús, perecerá muchísimo de muchos cuerpos, siendo así que El mismo dice: «Que no habrá de perderse ni un solo cabello». Sólo podrá decirse que cada uno recibirá la medida y la forma que tuvo en su juventud, si murió viejo, o con la misma que tuvo el día de su muerte, si falleció antes. Por ello no dice el Apóstol: «En medida de estatura», sino ( Ef 4,13): «En la medida de la plenitud de edad de Cristo», porque resucitarán los cuerpos de los muertos en su edad juvenil y vigorosa en que sabemos que vino Jesucristo.

Evangelio según san Mateo, 6:28-30

«¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?» (vv. 28-30)

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 22,1

Después que demostró a sus discípulos que no era conveniente andar solícitos con el alimento, pasó a otra cosa más sencilla. No es tan necesario el vestido como el alimento, y por ello dice: «¿Y por qué andáis acongojados por los vestidos?» No usa aquí del ejemplo de las aves, para citar como ejemplo el pavo real o el cisne, de quienes se podrían tomar ejemplos parecidos, sino que usa del ejemplo de los lirios, diciendo: «Considerad cómo crecen los lirios del campo». Quiere demostrar con estas dos cosas la sobreabundancia de sus dones, a saber, con el derroche de hermosura y la vileza de los que participan de tanto decoro.

San Agustín, de sermone Domini, 2, 15

Estos testimonios no deben discutirse de una manera tan alegórica que necesitemos buscar qué es lo que significan los lirios del campo y las aves del cielo. Se citan para que comprendamos mejor las cosas mayores por el ejemplo de las menores.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Los lirios, cuando llega su tiempo, brotan, se visten con candor y se llenan de perfumes; y lo que no habían tomado de la tierra por la escasez, lo reciben de Dios de una manera invisible. Todos son tratados de la misma manera, a fin de que la plenitud con que son enriquecidos no se crea obra de la casualidad, sino que se entienda perfectamente que han sido creados por la providencia divina. Así lo expresa, diciendo: «No trabajan», para confortar a los hombres. «No hilan», para confortar a las mujeres.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 22,1

Diciendo esto no prohibió el trabajo, sino la preocupación, como antes lo había hecho, hablando de la siembra.

Glosa

Y para recomendar más la providencia del Señor que excede, y con mucho, a toda humana ponderación, añade: «Os digo que ni Salomón con toda su gloria», etc.

San Jerónimo

Y en verdad que ni los vestidos de seda, ni la púrpura de los reyes, ni la pintura de los de los tejedores pueden compararse con la hermosura de las flores. ¿Qué hay más rojo que una rosa? ¿Qué cosa más candorosa que un lirio? La púrpura de una violeta no puede ser superada por ningún múrice. No se aprecia su hermosura por medio de la palabra, sino por medio de la vista.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 22,1

Tanta diferencia hay entre la verdad y el error, cuanta entre el vestido y las flores. Si Salomón fue superado por las flores, siendo así que fue el más rico de los reyes, ¿cuánto más tú puedes ser superado por las flores? Salomón fue superado por las flores en hermosura, no una sola vez, ni dos, sino tanto tiempo cuanto duró su reinado. Y esto es lo que significan aquellas palabras: «En toda su gloria», porque ni un solo día pudo aparecer tan hermoso como las flores.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Dice esto también porque Salomón, aunque no hacía los vestidos que se ponía, los mandaba a hacer. Donde hay mandato, allí hay ofensa de los que sirven, y con frecuencia disgustos por parte del que manda. Estas flores, por el contrario, son adornadas sin que ellas piensen en ello.

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5

Los lirios representan la claridad de los ángeles del cielo por el candor y brillo de gloria que Dios les ha concedido ( Mt 22; Lc 20). No trabajan ni hilan porque las virtudes de los ángeles, por la suerte que les ha cabido desde su origen, reciben incesantemente lo concerniente a su existencia. Y cuando dice por Lucas que en la resurrección los hombres serán como ángeles, quiso, con el ejemplo de la claridad angélica, fijar nuestra esperanza en el vestido de la gloria celestial.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Si Dios se cuida tanto de las flores de la tierra que mueren apenas nacen y son vistas, ¿despreciará a los hombres a los que ha creado, no para un tiempo limitado, sino para que vivan eternamente? Y esto es lo que expresa cuando dice: «Si el heno del campo que hoy existe y mañana es arrojado al horno, Dios lo cuida tanto, ¿cuánto más cuidará de vosotros, hombres de poca fe?»

San Jerónimo

La palabra mañana significa en las Sagradas Escrituras el tiempo futuro, como dice Jacob: «Mañana me oirá mi justicia» ( Gén 30,33).

Glosa

Otros ejemplares dicen: «En el fuego, o en uno de esos montones de yerba parecidos a un horno».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 22,1

No los llama ya lirios del campo, sin heno, manifestando así su vileza. Y opone otra vileza, diciendo: «Que son hoy», y no dijo: «Mañana no serán», sino algo que es mucho más lamentable: «Que serán arrojados al horno». Cuando dice: «Cuánto mejor vosotros», se da a entender, aunque de una manera indirecta, la alta honra del género humano, como si dijese: «Vosotros, a quienes mi Padre dio un alma, formó un cuerpo, envió profetas y entregó su Hijo Unigénito».

Glosa

Los llama «hombres de poca fe», porque es muy limitada aquella fe que no está segura aun de las cosas más pequeñas.

San Hilario,

O con la palabra heno designa a los gentiles. Si, pues, a los gentiles no se les concede la eternidad corporal, sino para ser luego destinados al fuego del juicio, ¿no es incredulidad que los santos duden de la gloria de la eternidad, cuando a los malvados se concede esta eternidad para castigo?

Remigio

En sentido espiritual se entiende por aves a los santos que renacen con las aguas del bautismo, desprecian con la piedad las cosas de la tierra y buscan las del cielo, destacándose de entre éstos los apóstoles, como príncipes que son de todos los santos. Por los lirios se entiende los hombres santos que agradaron a Dios con la fe sola, sin la dificultad de las ceremonias legales, y de ellos se dice: «Mi amado para mí, quien se apacienta entre los lirios» ( Ct 2,16). Se entiende también por los lirios la Iglesia santa, por el candor de su fe y el suave olor de su buena predicación. De ella se dice en el Cantar de los Cantares: «Como lirio entre espinas» ( Ct 2,2). Con el heno se designan los infieles, de quienes dice Isaías: «Se secó el heno y su flor cayó» ( Is 40,7). Por el horno se entiende la condenación eterna, de modo que el sentido es éste: «Si Dios concede los bienes temporales a los infieles, ¿cuánto más nos concederá los bienes eternos?».

 

Evangelio según san Mateo, 6:31-33

 

 

«No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los Gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura». (vv. 31-33)

Glosa

Después de haber excluído sucesivamente la preocupación por el vestido y la comida, tomando su argumento de las cosas inferiores, excluye ahora las dos, diciendo: «No os acongojéis, pues, diciendo: Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?»

Remigio

El Señor repitió esto para manifestar que es muy necesario, inculcándolo así mejor en nuestros corazones.

Rábano

Nótese que no dice: «No queráis buscar o andar solícitos acerca de la comida, o de la bebida, o del vestido», sino: «Qué comeréis, o beberéis, o vestiréis». En donde me parece que se reprende a aquellos que, despreciando el alimento o el vestido de aquellos con quienes viven, buscan para sí alimentos o vestidos más delicados o más austeros.

Glosa

Hay también una preocupación superflua, hija de la mala inclinación de los hombres, cuando reservan, tanto en dinero como en frutos, más de lo que necesitan. Y, olvidándose de las cosas espirituales, se fijan demasiado en ellos, casi desesperando de la bondad de Dios, y esto está prohibido, como sigue: «Porque los gentiles se afanan por estas cosas».

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 16

Dado que creen que la fortuna consiste en estas cosas humanas, no creen que hay providencia, ni que Dios sea quien se cuida del gobierno de estas cosas, sino que suceden por casualidad. Así, con razón, temen y desesperan, como si no tuviesen quien los dirigiese. Pero los que creen que todas las cosas son gobernadas por Dios, confían la comida a la dirección de su liberal mano, y por eso añade: «Sabe vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 22,2

No dijo sabe Dios, sino sabe vuestro Padre, para inspirarles más confianza. Si es padre, no podrá despreciar a sus hijos. Esto ni aun los hombres que son padres podrían soportarlo. Dice, en efecto: «Puesto que necesitáis de todo esto», para que esforcéis vuestra solicitud, porque os son necesarias. ¿Qué padre sostiene que no deben darse a sus hijos aun las cosas necesarias? Si fuesen superfluas, no convendría confiar así.

San Agustín, de Trinitate, 15, 13

Dios no conoce esto desde hace poco tiempo, sino que conoce todas las cosas futuras, y en ellas, sabe desde el principio, qué es lo que habíamos de pedir, y cuándo.

San Agustín, de civitate Dei, 12, 18

En cuanto a lo que dicen algunos que Dios no ha podido comprender todas estas cosas, porque son infinitas, réstales decir que Dios no ha conocido todos los números, porque son ciertamente infinitos. La infinidad del número no es incomprensible para Aquél cuya inteligencia no tiene número. Todo lo que se comprende es limitado por la ciencia del que comprende; por consiguiente, todo lo que llamamos infinito está limitado de una manera inefable por la ciencia de Dios, para la cual todo es comprensible.

San Gregorio Niceno, de opificio hominis, 1, 4, 6, 7

Como su providencia se demuestra por signos de esta clase, a saber: la permanencia de todo (especialmente de aquello que es capaz de reproducirse y desaparecer), la colocación y el orden de las cosas que existen, conservadas siempre según su modo. Todas estas cosas, ¿cómo podrían perfeccionarse si no hubiese quién se cuidase de ellas? Pero algunos dicen que Dios sólo se cuida de mantener la permanencia de los universales, a los que solamente se extiende su providencia; mas que lo particular sucede al acaso. Tres solas causas puede alguno alegar contra la providencia de los particulares: o Dios ignora que es bueno cuidar de las cosas particulares, o no quiere o no puede hacerlo. La ignorancia es enteramente ajena a la Divinidad. ¿Cómo puede ignorar Dios lo que no se oculta a un hombre sabio, a saber, que destruidos los particulares se destruyen los universales? Nada impide la destrucción de todos los individuos si no hay un poder que cuide de ellos. Si no quiere es por dos causas: o por pereza o por indecencia. La pereza reconoce dos causas: o de la atracción de un placer que cautiva la voluntad, o de un temor que hace desistir, ninguno de los cuales es lícito pensarlo de Dios. Si dicen que no es decente, ni digno de la Majestad Divina el ocuparse en cosas pequeñas, ¿cómo es que no hallamos inconveniente en que el artífice, que procura lo universal, cuide también de los particulares sin descuidar ningún detalle, sabiendo que la parte aprovecha al todo? Y siendo esto así, ¿cómo vamos a decir que Dios es un creador menos capaz que los artífices de este mundo? Si no puede, Dios es un imbécil, e incapaz de hacer el bien. Porque si nos es desconocida la razón de la providencia de los particulares, no por esto podemos decir que no hay providencia, pues equivaldría a decir que no hay hombres porque ignoramos cuántos son.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17

Por lo tanto, el que crea que en Dios se da providencia, espere de su mano el alimento, pero considere que lo mismo debe esperar lo bueno que lo malo de lo que, si no fuere solícito, ni se librará del mal, ni podrá alcanzar el bien. Por ello añade: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia». El Reino de Dios es el premio de las buenas obras, y su justicia el camino de la piedad, por la que se va al reino. Si piensas en la gloria de los santos, es necesario que, o te separes del mal por temor de la pena, o te encamines al bien por el deseo de la gloria. Y si piensas en la justicia de Dios (a saber, qué es lo que Dios aborrece y lo que Dios ama), su misma justicia te manifiesta sus caminos, que siguen todos aquellos que lo aman. No daremos razón, pues, de si somos pobres o ricos, sino si obramos bien o mal, porque esto entra en nuestro libre albedrío.

Glosa

O dice: «Su justicia», como si dijese: «Para que por El, no por vosotros, seáis justos».

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17

La tierra también es maldecida por los pecados de los hombres, para que no produzca, según aquellas palabras ( Gén 3,17): «Maldita eres tierra en tu trabajo». Es bendecida cuando obramos bien: «Busca la justicia, y no te faltará el pan», de donde prosigue: «Y todas estas cosas se os darán por añadidura».

San Agustín, de sermone Domini, 2, 16

A saber, las cosas temporales, las cuales manifiesta terminantemente aquí, que no son tales bienes nuestros por los que debemos obrar bien, pero que, sin embargo, son necesarios. Mas el Reino de Dios y su justicia son nuestro bien, en el cual debemos constituir nuestro fin. Pero como en esta vida, en la que peleamos para conseguir aquel reino, nos son necesarias estas cosas, por eso nos dice: «Se os darán por añadidura». Cuando dijo primeramente, significó, no prioridad de tiempo, sino de dignidad. Aquello, como nuestro verdadero bien; esto, como necesario para la vida. Y no debemos, por ejemplo, predicar para comer, porque así haríamos el Evangelio de peor condición que la comida, sino que debemos comer para poder predicar. No debe molestar el cuidado de si faltarán las cosas necesarias, a los que buscan primeramente el Reino de Dios y su justicia, esto es, a los que dan preferencia a estas cosas, para que las demás les vengan como por añadidura. Y por ello dice: «Estas cosas se os darán por añadidura», esto es, las conseguiréis, si no ponéis impedimento, no sea que buscando estas cosas os pervirtáis de tal modo, que constituyáis dos fines.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 22,3

Y no dijo: «Se os concederán» sino: «Se os darán por añadidura», para que comprendamos que las cosas presentes nada valen en comparación con las futuras.

San Agustín, de sermone Domini, 2, 16

Cuando leemos que el Apóstol tuvo hambre y sed, no creamos que faltó la promesa del Salvador. Como estas cosas se nos dan por añadidura, el Médico Divino, a quien todos nos hemos confiado, sabe cuándo debe concedernos la abundancia, y cuándo la escasez, según cree que nos conviene. Si alguna vez nos faltan las cosas necesarias a la vida, lo que con frecuencia permite el Señor para nuestra prueba, no debilita lo que nos hemos propuesto, sino que, examinado, lo confirma.

 

LA CONDENADA SOLICITUD TERRENA..Y EL PRINCIPIO DE INMANENCIA MODERNISTA

Con lo que hemos visto de los Santos Padres, la Tradición y Magisterio citado por Castellani -que no es exhaustivo, sino méramente ejemplar- y lo comentado por él mismo, que vemos muy acertado, queda claro que Cristo jamás va a condenar la prudencia y la sana previsión, sino la dañina solicitud terrena. Lo ha explicado muy bien Castellani. No creemos necesario volver nuevamente sobre el asunto.

Lo que sí creemos pertinente es señalar la influencia del modernismo sobre este aspecto.

La visión del hombre cristiano en el mundo, implica su despojamiento de la solicitud terrena, su confianza en la Providencia, su vivir como Peregrino en este mundo, porque el cristiano no es del mundo aunque vive en el mundo. Esto es revelación y Doctrina Católica.

Nos fatigan las citas; creemos que son tan evidentes que no hacen falta traerlas en este asunto. Mencionamos simplemente Pascendi, de San Pío X o el Syllabus de Pío IX…

El Modernismo -ya lo hemos tratado en otros Domingos del Año- tiene una concepción aberrante panteísta vaga y borrosa de Dios: no cree en la Verdad de las dualidades Dios-Creación, Gracia-Naturaleza, Sobrenatural-Natural, Dios-Mundo, Dios-Historia, Espiritual-natural. Es el principio de inmanencia. Dios estaría en la profundidad del hombre, de la naturaleza de las cosas; basta hacer emerger el sentimiento profundo o el fenómeno auténtico del interior, liberado de prejuiciostradicionales, y buscar la identidad, el ser, en la acción. Aquí tenemos a Heidegger, Hüsserl y Krishnamurti…si, también este último, aunque en algunos puntos se contradiga con los anteriores. Como Dios, en el fondo, no es distinto del hombre, tampoco es distinto del accionar del hombre en el mundo para los modernistas; no es distinto de la Historia: la Historia es el desenvolvimiento de Dios mismo; Dios evoluciona y su evolución se manifiesta en la Historia. Acá aparece Hegel, Spinoza…Vemos como todos los peores errores van siendo recogidos por el progremodernismo para redondear su deletérea cosmovisión..

Dada esta filosofía, el cristiano deja de ser un Peregrino, Peregrino, que en la visión cristiana es muchas veces contrapuesto a los cauces de la historia humana, que van camino de la apostasía y el alejamiento de Dios; peregrino contracorriente- y necesariamente su calidad humana-divina, podríamos decir, para el modernista, se calibra, contrariamente,  por su inserción, su funcionalidad a la historia, a los vientos del mundo; su mimetismo y adaptación íntegra a su tiempo. El modernismo aterriza al hombre al piso de la tierra, de este mundo. Tenemos entonces esta exhortación de Francisco, en otro orden de cosas, pero que se relaciona con nuestro tema de la Inmanencia:

 

Debemos obedecer a la ONU…

Esto, naturalmente, tira por tierra la aceptación del Evangelio de hoy y la fe católica: la solicitud terrena, no solo la búsqueda de los bienes materiales, sino algo aún mas siniestro, el acomodamiento con los poderes de este mundo, deja de ser para el progremodernista algo malísimo, y se convierte en algo natural y necesario…El Progremodernista, dado su panteísmo vago, se realiza en la funcionalidad al Mundo y su historia, al César y a Mamón….Nada de avecillas del cielo, sino búsqueda de bienes materiales y acomodamiento al poder del mundo: allí está el hombre mostrando el brillo mayor de su divinidad…Estamos hablando de un modernismo de facto, de comportamiento en la vida real, además de teórico. El progremodernista es un genuflexo ante el Leviatán, un  dador al César  lo que es del César, y al César lo que es de Dios.

 

NO SE PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES

El Primer Mandamiento es claro: Solo a Dios se adora y se sirve. Ningún otro señor debe ser servido, so pena del pecado gravísimo de idolatría. En el Evangelio está tratado esto con referencia al tema de la solicitud terrena, la  riqueza y su adoración idolátrica por el pecado de la Avaricia. Está claro el principio de NO Contradicción en la Escritura, en la Metafísica católica, en la Tradición, el Magisterio hasta 1962, y el sentido común mas elemental del ser humano sano. No se puede estar con Dios y contra Dios a la vez: no se puede servir a dos Señores: o Dios o el Diablo. Repetimos, en el Evangelio de hoy esto se refiere al tema de la solicitud terrena, la riqueza y la avaricia. Pero se podría extrapolar al tema de la Revelación, de la Doctrina. No se puede estar en la Verdad y a la vez sostener mentiras o herejías que contradigan la Verdad de plano. No se puede decir que uno es fiel a la Revelación cristiana, y sostener errores condenados por la Revelación Cristiana. El principio lógico de no contradicción viene desde Dios. Dios es la Verdad y no se contradice a sí mismo.

Ahora bien, las filosofías que han cuestionado la escolástica y el realismo objetivo tomista, como el nominalismo, fueron derivando hacia errores cada vez mas deletéreos. Con Hegel, y su dialéctica, el principio de no contradicción comienza a ponerse borroso. Con el evolucionismo modernista, y ciertos tópicos personalistas como aquel de que la Verdad es sinfónica, el principio de no contradicción comienza a ceder…Según esto, la Verdad evoluciona y puede estar constituida por voces y proposiciones aún contrapuestas, por lo menos la ambigüedad de estas posiciones habilitan estas aberraciones.

Esto no queda en la nebulosa de Andrómeda de la abstracción filosófico-teológica, sino que aterriza en la praxis de la Iglesia.

Con toda naturalidad, el modernista conciliar, sostiene que afirmaciones totalmente contrarias a la Doctrina de siempre, son su continuación, la continuación de la Verdad revelada. Sostiene muy suelto de cuerpo que la libertad religiosa conciliar (DH) es la continuación reformada de la Doctrina de siempre. Esta es la consabida doctrina de la Hermenéutica de la Reforma en la Continuidad, con la cual deberían leerse para el modernista neoconservador, las frontales contradicciones y negaciones de la Doctrina de siempre, perpetradas por el II Concilio Vaticano. Parecería que no hay conciencia del Principio lógico de No Contradicción. Una formación modernista y de otras filosofías modernas, produce este descalabro mental y pérdida del sentido común, además de la claridad de la Revelación católica.

Sabemos que la libertad religiosa delineada en DH, es la que la ONU preconizó para el mundo y la que está en las Constituciones liberales: ya había sido condenada con explicitud y claridad, por Pío IX y San Pío X, también por Leon XIII y Pío XI. Hace falta insistir en que la jerarquía actuante en el II Concilio Vaticano adoptó la libertad religiosa laicista y ya condenada para seguir su política de asimilación con las ideas del mundo moderno? Si ese es precisamente el Espíritu del Concilio que informa sus textos.

Cristo es la Verdad: entonces es claro, que Cristo no puede ser a la vez la Verdad, y la negación de la Verdad.

No se puede servir a dos Señores. No se puede estar con la Verdad y con el espíritu de 1789 y la filosofía moderna.

NOTAS:

  1. https://rinconliturgico.blogspot.com/2016/09/xiv-domingo-despues-de...
  2. https://radiocristiandad.files.wordpress.com/2017/12/re-a124-el-eva...

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HIMNO AL ARCÁNGEL SAN MIGUEL
Oh Jesús, que eres fuerza y luz del Padre,
Oh Jesús, que das vida a nuestros pechos:
Te alabamos en coro con los Ángeles,
Que siempre de tu boca están suspensos.
Millares de celestes capitanes
Militan en las huestes que acaudillas,
Pero es Miguel quien a su frente marcha
Y quien empuña la sagrada insignia.
Él es quien precipita en lo más hondo
De los infiernos al dragón funesto,
Y quien fulmina a los rebeldes todos,
Y quien los echa del baluarte excelso.
Sigamos día y noche a nuestro príncipe
Contra el fiero adalid de la soberbia,
Para que desde el trono del Cordero
Nos sea dada la corona eterna.
Gloria al Padre y que Él guarde con sus Ángeles
A los que, redimidos por su Hijo,
Fueron ungidos desde el firmamento
Por el eterno bien del Santo Espíritu.

SAN MIGUEL ARCANGUEL

San Miguel Arcanguel
Levanta el Crucifijo y reza esta oración con la señal de la cruz. Has esto en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Tú vencerás… Reza esta oración todos lo días, ya que la batalla es enorme:
"Oh Glorioso príncipe de la Hueste Celestial, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla y en el terrible combate que estamos librando contra los principados y Potestades del aire, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, en contra de todos los Espíritus del Mal. Ven en ayuda del hombre, a quien Dios Todopoderoso creó inmortal, hecho a su imagen y semejanza, y redimido por un gran precio, de la tiranía de Satanás. Pelea en este día la batalla del Señor, junto con los santos ángeles, igual que combatiste al líder de los orgullosos ángeles, Lucifer, y a su hueste apóstata, quienes no tuvieron poder para resistirte y tampoco hubo ya lugar para ellos en el cielo. Esa cruel serpiente antigua, llamada el diablo o Satanás, que seduce al mundo entero, fue arrojada al abismo junto con sus ángeles. Mira, este enemigo primitivo y asesino del hombre ha tomado fuerza. Transformado en un ángel de luz, anda alrededor del mundo con una multitud de espíritus perversos, invadiendo la tierra para borrar el nombre de Dios y de Jesucristo, apoderarse, asesinar y arrojar a la eterna perdición de las almas destinadas a la corona de la gloria eterna. Este malvado dragón vierte, como la inundación más impura, el veneno de su malicia en los hombres de mente depravada y corrupto corazón; el espíritu de mentira de impiedad, de blasfemia, y de aire pestilente de impureza, y de todo vicio e iniquidad. Estos astutos enemigos han llenado y embriagado con hiel y amargura esta Iglesia, la esposa del Inmaculado Cordero, y han puesto sus manos impías en sus más sagradas posesiones, con el designio inicuo de que cuando el Pastor sea herido, también las ovejas pueden ser heridas. Entonces levántate, oh Príncipe invencible, dale ayuda al pueblo de Dios en contra de los ataques de los espíritus perdidos. Dale la victoria al pueblo de Dios: Ellos te veneran como su protector y patrón; en ti la gloriosa Iglesia se regocija con tu defensa contra el maligno poder del infierno; a ti te ha confiado Dios las almas de los hombres para ser establecida en bienaventuranzas celestiales. Ora al Dios de la paz, para que ponga a Satanás bajo nuestros píes, derrotado para que no pueda más mantener al hombre en cautiverio y lastimar a la Iglesia. Ofrece nuestras oraciones a la vista del Altísimo, para que pronto pueda encontrar misericordia a los ojos del señor; y venciendo al dragón la antigua serpiente que es el diablo y Satanás, tú nuevamente lo pongas cautivo en al abismo, para que no pueda ya más seducir a las naciones. Amén.
- Miren la Cruz del Señor; y sean dispersos los poderes enemigos. R:
- El León de la tribu de Judá ha conquistado la raíz de David.
- Qué tu misericordia esté sobre nosotros, oh Señor.
-  Así como hemos tenido esperanza en Ti.
- Oh Señor, escucha nuestra oración.
-  Y deja que mi llanto llegue a Ti.
Oremos
Oh Dios, Padre nuestro, señor Jesucristo, invocamos a tu Santo Nombre, y suplicantes imploramos tu clemencia, para que por la intercesión de la siempre Virgen María, Inmaculada Madre nuestra, y por el glorioso San Miguel Arcángel, Tú te dignes ayudarnos contra Satanás y todos los demás espíritus inmundos, que andan por el mundo para hacer daño a la raza humana y para arruinar a las almas. Amén.
Fuente: Libro de la Devoción a la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo

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