Los orígenes apostólico-patrísticos de la “Misa Tridentina”

Por Sor Maria Francesca Perillo, F.I.

(Resumen y adaptación del P. Javier Olivera Ravasi en “Que no te la cuenten”)

Art. completo: Aquí

La Misa “Tridentina” no fue inventada por San Pío V ni por el Concilio de Trento, sino que se remonta a los tiempos apostólicos. La liturgia, de hecho, no es la expresión de un sentimiento de los fieles, sino que es “la” oración oficial de la Iglesia; es Dogma rezado. Contiene algo de eterno que no está construido por manos humanas. «Ecce ego sum ​​vobiscum», dice Cristo a su Iglesia (Mt 28,20).

Introducción

El término “Misa Tridentina” o “Misa de San Pío V” indica, por lo general, la celebración del rito de acuerdo con el llamado Vetus Ordo, es decir, anterior a la reforma litúrgica post-conciliar. Se trata de dos expresiones inadecuadas, ya que, si bien es cierto que el Papa San Pío V promulgó un Misal a continuación del Concilio de Trento, en realidad no hizo sino fijar y circunscribir cuidadosamente un ritual que ya estaba en uso en Roma desde hacía siglos. Su origen se remonta, en sus elementos esenciales, por lo menos a mil años antes, precisamente al Papa San Gregorio Magno. De este último pontífice resulta también el nombre, más correcto pero no exhaustivo, de rito gregoriano. No exhaustivo porque desde San Gregorio el Grande, como veremos, el rito se remonta a los tiempos apostólicos para finalmente enlazarse a la Última Cena y al Sacrificio cruento de Nuestro Señor Jesucristo, de los cuales cada Misa es representación constante e incruenta actualización.

 El primer principio es que la Liturgia no es, nunca ha sido ni será nunca, la expresión del sentimiento del fiel hacia su Creador. Es más bien el cumplimiento por parte del fiel de un deber suyo para con Dios. Es el llamado ius divinum, a saber, el derecho de Dios a ser adorado como Él ha establecido. La Liturgia no es cualquier oración que el fiel dirige espontáneamente a Dios, sino “la” oración oficial de la Iglesia: no hay en ella nada que inventar, ni que innovar, ni que adaptar. En virtud de esto, la Liturgia católica no es y no puede ser “creativa”. No lo puede ser por la sencilla razón de que no es un producto humano, sino la obra de Dios. Es interesante observar en este sentido cómo ya en el siglo primero, la Liturgia – aunque todavía en un estado primitivo – tenía un orden propio que los cristianos consideraban remontable al mismo Cristo.

Lo demuestra la primera carta de san Clemente a los Corintios: “1. Debemos hacer con orden todo aquello que el Señor nos manda cumplir en los tiempos establecidos. 2. Él nos prescribió hacer las ofrendas y las liturgias, y no al azar o sin orden, sino en circunstancias y horas establecidas (Capítulo XL)”. Desde el primer siglo, por tanto, hay en el Culto Divino un orden bien establecido y una jerarquía que se consideran como provenientes del Señor.

En segundo lugar, la Liturgia está anclada en la Tradición, que es fuente de la revelación al par de la Sagrada Escritura. «La Liturgia -afirma el gran liturgista dom Guéranger- es la misma Tradición en su más alto grado de poder y solemnidad». La tradición está presente en la Liturgia, que contiene las oraciones y los ritos del culto público y de los Sacramentos. No es casualidad que ya en las primeras décadas del año 400 se encontrara citada la máxima “legem credendi lex statuat supplicandi”, es decir, que la oración litúrgica (lex supplicandi) sea fuente (statuat) de cognición teológica (legem credendi).

 Esta máxima milenaria -sobre la cual volveremos- indica la vital importancia y la enorme utilidad de mantener inalterada y en uso la Liturgia tradicional, y en particular la de la Santa Misa, para salvaguardar la Fe. También indica que (y sin ánimo de agraviar la creatividad de los sacerdotes y de los fieles) la creación de nuevas liturgias puede fácilmente corromper la Fe (y de hecho la corrompe) introduciendo ritos y oraciones carentes de aquel rigor teológico que garantiza una interpretación unívoca y ortodoxa.

1. Origen divino de la Liturgia

En su célebre obra Las instituciones litúrgicas, el venerable dom Prosper Guéranger, eximio liturgista y abad de Solesmes, afirma ser la Liturgia algo tan grande que para encontrar su origen hay que remontarse a Dios mismo: ya que Dios, en la contemplación de sus perfecciones infinitas, se alaba y glorifica sin cesar, amándose con un amor eterno.

«Dios -afirma dom Guéranger- ha amado tanto al mundo que le entregó a su Hijo único, para que éste lo instruyese en el cumplimiento de la labor litúrgica. Después de ser haber sido anunciada y prefigurada por cuarenta siglos, se le ofreció una plegaria divina, fue cumplido un sacrificio divino, y aún ahora y para la eternidad, el Cordero inmolado desde el principio del mundo se ofrece en el altar sublime del cielo y cumple a la inefable Trinidad, de una manera infinita, todos los deberes de religión en nombre de los miembros de los cuales Él es la Cabeza».

Debemos, sin embargo, tener en cuenta que incluso antes de la Encarnación, el mundo nunca había estado exento de liturgia, ya que, como la Iglesia se remonta al principio del mundo, de acuerdo con la doctrina de San Agustín, la Liturgia se remonta a este mismo principio. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, la Liturgia es ejercida por los primeros hombres en el principal y más augusto de sus actos: el sacrificio. Basta pensar en los sacrificios de Caín y Abel, en el de Noé, que lo perpetúa después del diluvio. Abraham, Isaac, Jacob, ofrecen sacrificios de animales y erigen piedras para el altar que prefiguran el altar y el Sacrificio futuro. Luego Melquisedec, envuelto en el misterio de un Rey-Pontífice, teniendo en sus manos el pan y el vino ofrece un holocausto pacífico, que es también figura del Sacrificio de Cristo.

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Durante toda esta época primitiva las tradiciones litúrgicas no son fluctuantes y arbitrarias, sino precisas y definidas. Es evidente que no son una invención humana, sino impuestas por Dios mismo; de hecho, el Señor elogia a Abraham por haber observado no sólo sus leyes y preceptos, sino también sus ceremonias.

Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios no vino para abrogar, sino para dar cumplimiento y aun perfeccionar las tradiciones litúrgicas.

2. La obra de Jesucristo

Es necesario y fundamental -en el ámbito del estudio de la sagrada Liturgia- reconocer si el Señor Jesús haya establecido -al menos implícitamente- las grandes líneas del sistema litúrgico que se refieren a la sustancia del Culto cristiano.

Tras las huellas del Aquinate, que afirma que «per suam Passionem Christus initiavit ritum christianae religionis», (“por su Pasión, Cristo inició el rito de la religión cristiana”) se puede inmediatamente observar que fue Cristo aquel que inauguró el culto cristiano, iniciándolo de manera incruenta en la Última Cena para consumarlo en la Sangre en el Calvario. Como señala Righetti, “a él le debemos no sólo la institución de la gracia propia de los siete Sacramentos, sino también el rito exterior de los tres más importantes entre éstos: el Bautismo, la Eucaristía, la Penitencia. Del Bautismo precisó la materia y la forma […]. De la Eucaristía fijó también la materia -el pan y el vino- y la forma en las palabras consecratorias pronunciadas por Él en la Última Cena: «Hoc est corpus meum… hic est sanguis meus»”. Así, de acuerdo con el relato de los Sinópticos se deduce que el Señor Jesús:

a. Instituyó la Eucaristía pronunciando una fórmula eucarística o de acción de gracias, sirviéndose probablemente de las habituales bendiciones judías propias del ritual de la Pascua

b. Impuso a los Apóstoles que, al renovar lo que Él había hecho, lo conmemorasen: «hoc facite in meam commemorationem», o bien, como lo explicita mejor san Pablo, proclamasen su muerte: «mortem Dominis annuntiabitis donec veniat» (1 Cor 11,26).

c. Quiso que la oblación sacrificial conmemorativa que los Apóstoles debían perpetuar mantuviese, como Él lo había hecho, la forma convivial.

Es lícito preguntarse, a esta altura, si durante su vida terrena Jesucristo haya dado otras normas litúrgicas. Aunque es difícil determinar con exactitud, en efecto:

a. Los Hechos observan que Jesús, en el tiempo transcurrido entre la Resurrección y la Ascensión, se apareció muchas veces a los Apóstoles «loquens de regno Dei». ¿No había Él dicho antes de su muerte: «tengo muchas cosas para deciros que ahora no podríais comprender»Eusebio refiere que santa Elena edificó sobre el Monte de los Olivos una pequeña iglesia en una especie de cueva donde, según una tradición antigua, «discipuli et apostoli […] arcanis mysteriis initiati fuerunt». El Testamentum Domini (siglo V) sitúa a los Apóstoles, en el día mismo de la Resurrección, interrogando al Señor acerca de «quoniam canon, ille (scil. qui Ecclesiæ præest) debeat constituere et ordinare Ecclesiam […], quomodo sint mysteria Ecclesiæ tractanda» (con cuál regla aquel que está a la cabeza de la Iglesia debe constituir y ordenar a la Iglesia […] de qué manera deben ser tratados los misterios de la Iglesia); y Jesús responde explicándoles en detalle las distintas partes de la Liturgia.

b. El papa san Clemente, discípulo de los Apóstoles (†99), dirigiéndose por escrito a la comunidad de Corinto, se refiere -como ya lo hemos mencionado- a ordenanzas positivas del Señor acerca del orden a seguir en las posturas, en la gradualidad y en los momentos de la Liturgia.

c. San Justino, después de haber descrito todo el orden de la celebración eucarística, afirma que ésta se celebra en Domingo, porque en ese día Nuestro Señor, «apostolis et discipulis visus, ea docuit, quae vobis quoque consideranda tradidimus». Quiere decir, por tanto, que las principales partes de la Misa se las remontaba al Magisterio de Cristo en el día de su Resurrección. Concedamos de buena gana que la afirmación es genérica; pero tanto Justino como el Anónimo del Testamentum Domini reflejan claramente una tradición difundida, antigua y para nada inverosímil.

(continuará)

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Orígenes apostólico-patrísticos de la “Misa Tridentina” (2/3)