EL PECADO

El pecado es una ofensa a Dios…?

Es normal tener miedo de ser picado por una serpiente cuyo veneno puede llevar a la muerte en pocos minutos, especialmente en aquellos lugares donde este peligro es una realidad y no apenas una posibilidad remota. Al andar por donde se sabe que habitan estos astutos animales, las alarmas se encienden, se redoblan las atenciones ante cualquier movimiento sospechoso y, en la medida de lo posible, se procura evitar ese lugar cuanto antes. Sin embargo, pocos temen una serpiente incomparablemente más letal que cualquier especie asesina, pues su picadura causa una muerte mucho más profunda; la muerte del alma que nos separa eternamente de Dios. Estamos hablando del pecado. Asunto de tanta gravedad motivó que innumerables santos y autores espirituales lo trataran con suma precisión, evitando a toda costa un lenguaje nebuloso que posibilitara vías de escape para la tendencia de nuestra miserable naturaleza humana a relativizar los negocios del más allá. Por eso, no parece sin cabida recordar algunas importantes precisiones del Magisterio de la Santa Madre Iglesia sobre este tema que nos aclaren las ideas.

Francisco

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La Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios. Cierto, también tiene aspectos humanos; en quienes la componen, pastores y fieles, existen defectos, imperfecciones, pecados; también el Papa los tiene, y tiene muchos, pero es bello que cuando nos damos cuenta de ser pecadores encontramos la misericordia de Dios, que siempre nos perdona. No lo olvidemos: Dios siempre perdona y nos recibe en su amor de perdón y de misericordia. Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios, pero también una oportunidad de humillación para percatarse de que existe otra cosa más bella: la misericordia de Dios. (Audiencia general, 29 de mayo de 2013)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I-Nocionesfundamentalessobreelpecado 

Juan Pablo II
-El pecado es una violación de la ley de Dios y un rechazo de su proyecto
-La Iglesia cree y profesa la existencia del pecado
-El pecado es un acto voluntario de perversidad

San Agustín
-Pecado, desprecio de la ley eterna

Catecismo Romano
-Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios
-Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina
-El pecado envenena la razón y la voluntad

II- Los sufrimientos de Cristo y la expiación de los pecados

Sagradas Escrituras
-Reconciliados con Dios, seremos salvados por su vida

Catecismo Mayor de San Pío X
-Jesús padeció para inspirarnos horror al pecado

Pío XI
-Admirando la infinita caridad del Redentor, detestemos el pecado
-Cada falta renueva la pasión del Señor

Juan Pablo II
-La muerte de Cristo nos hace comprender la gravedad de nuestras ofensas

Benedicto XVI
-La misericordia de Jesús no quita la gravedad del pecado

Catecismo Romano
-El hombre es un deudor insolvente

III- Sólo las almas arrepentidas son dignas de misericordia

Sagradas Escrituras
-Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal

Concilio de Trento
-Es necesario detestar la ofensa a Dios y emendar la perversidad
-El imprescindible aborrecimiento de la vida vieja para la verdadera contrición
-Para la obtención del perdón son necesarios grandes llantos y trabajos

San Bernardo
-El pecador debe reconciliarse consigo mismo por el llanto de la penitencia

San Juan Crisóstomo
-La mancha del pecado se lava con las lágrimas y la confesión

Catecismo Mayor de San Pío X
-¿Qué haréis para excitar a detestar los pecados?

Catecismo Romano
-Disposiciones de alma para pedir perdón al Señor

San Agustín
-Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar los pecados de nuestro interior
-Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección
-Ante todo, el reconocimiento del pecado 

Catecismo de la Iglesia Católica
-Quien no se arrepiente rechaza el perdón y la salvación

Juan Pablo II
-Al perdón de Dios debe corresponder la conversión del hombre

Benedicto XVI
-El perdón del Señor impulsa a reconocer la gravedad del pecado

Pablo VI
-Soportemos los sufrimientos para evitar la doble pena del infierno

Inocencio IV
-El infierno es el tormento de los que mueren impenitentes

IV- La indiferencia del hombre hacia el pecado suscita la cólera de Dios

San Agustín
-Pocos temen la muerte del alma

Catecismo Romano
-Dios persigue a los pecadores

San Juan Crisóstomo
-Irritan y ofenden a Dios los pecadores que no sienten dolor de sus faltas

San Bernardo
-El que ama la iniquidad, odia su alma

San Agustín
-Un género de muerte: la mala costumbre

San Juan Crisóstomo
-¿La paloma del Bautismo o la serpiente del pecado?

Catecismo Romano
-Por el pecado nos vendemos a la esclavitud del demonio

V- Precisiones doctrinales sobre el pecado venial y el pecado mortal

Juan Pablo II
-El pecado tiene doble consecuencia

Catecismo de la Iglesia Católica
-Un primer pecado prepara muchos otros
-Las consecuencias del pecado venial

San Agustín
-No desprecies el pecado venial, pues conduce al mortal

Santo Tomás de Aquino
-Para el perdón de los pecados veniales también es necesario hacer penitencia

Juan Pablo II
-El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Catecismo de la Iglesia Católica
-El hombre será condenado si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios

Santo Tomás de Aquino
-La verdadera penitencia es el abandono del pecado
-Aversión a Dios que merece la pena de daño
-Pena irreparable de duración perpetua

 I- Nociones fundamentales sobre el pecado 

 Juan Pablo II

  • El pecado es una violación de la ley de Dios y un rechazo de su proyecto

El pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la escala de valores y “confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas”, es decir, “llamando bien al mal y mal al bien.” (cf. Is 5, 20) El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 8 de mayo de 2002)

  • La Iglesia cree y profesa la existencia del pecado 

La Iglesia, inspirándose en la revelación, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios.¿Qué corresponde a esta “ofensa”, a este rechazo del Espíritu que es amor y don en la intimidad inescrutable del Padre, del Verbo y del Espíritu Santo? La concepción de Dios, como ser necesariamente perfectísimo, excluye ciertamente de Dios todo dolor derivado de limitaciones o heridas; pero, en las profundidades de Dios, se da un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de exclamar: “Estoy arrepentido de haber hecho al hombre.” (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 39, 18 de mayo de 1986)

  • El pecado es un acto voluntario de perversidad

El Concilio recuerda que una característica esencial del pecado es ser ofensa a Dios. Se trata de un hecho enorme, que incluye el acto perverso de la criatura que, a sabiendas y voluntariamente, se opone a la voluntad de su Creador y Señor, violando la ley del bien y entrando, mediante una opción libre, bajo el yugo del mal. […] Es preciso decir que es también un acto de lesa caridad divina, en cuanto infracción de la ley de la amistad y alianza que Dios estableció con su pueblo y con todo hombre mediante la sangre de Cristo; y, por tanto, un acto de infidelidad y, en la práctica, de rechazo de su amor. El pecado, por consiguiente, no es un simple error humano, y no comporta sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere su significado de la relación del hombre con Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 15 de abril de 1992)

San Agustín

  • Pecado, desprecio de la ley eterna

Pecado es un hecho, dicho o deseo contra la ley eterna. A su vez, la ley eterna es la razón o voluntad divina que manda conservar el orden natural y prohíbe alterarlo. (San Agustín. Réplica a Fausto, l. XXII, n. 27)

Catecismo Romano

  • Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios

Con él [el pecado] queda violada la santidad del alma, esposa de Cristo, y profanado el templo del Señor, acerca de lo cual escribió San Pablo: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1 Cor 3, 16-17). (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

  • Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina

Cierto que nuestros pecados de pensamiento, palabra y obra van directamente contra Dios,a quien negamos obediencia, turbando, en cuanto nos es posible, el orden establecido por su infinita sabiduría. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 3)

  • El pecado envenena la razón y la voluntad

El pecado es una peste que corrompe la carne y penetra los huesos, envenenando la misma razón y voluntad. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

II- Los sufrimientos de Cristo y la expiación de los pecados

Sagradas Escrituras

  •  Reconciliados con Dios, seremos salvados por su vida

Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida! ” (Rm 5, 5-10)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • Jesús padeció para inspirarnos horror al pecado

No era absolutamente necesario que Jesús padeciese tanto, porque el menor de sus padecimientos hubiera sido suficiente para nuestra redención, siendo cualquiera acción suya de valor infinito. Quiso Jesús padecer tanto para satisfacer más copiosamente a la divina justicia, para mostrarnos más su amor y para inspirarnos sumo horror al pecado. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 108-109)

Pío XI

  • Admirando la infinita caridad del Redentor, detestemos el pecado

Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad. (Pío XI. Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 8, 8 de mayo de 1928)

  • Cada falta renueva la pasión del Señor

De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: “Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio.” (Pío XI. Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 10, 8 de mayo de 1928)

Juan Pablo II

  • La muerte de Cristo nos hace comprender la gravedad de nuestras ofensas

La muerte en cruz, penosa y desgarradora, fue también “sacrificio de expiación”, que nos hace comprender tanto la gravedad del pecado, que es rebelión contra Dios y rechazo de su amor, como la maravillosa obra redentora de Cristo, que al expiar por la humanidad nos ha devuelto la gracia, es decir, la participación en la misma vida trinitaria de Dios y la herencia de su felicidad eterna. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 22 de marzo de 1989)

Benedicto XVI

  • La misericordia de Jesús no quita la gravedad del pecado

Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse. (Benedicto XVI. Ángelus, 31 de octubre de 2010)

Catecismo Romano

  • El hombre es un deudor insolvente

Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: “Tengo que pagar lo que nunca tomé” (Ps 68, 5). Esto demuestra no sólo que el hombre es deudor, sino también que es un deudor insolvente, incapaz de satisfacer por sí mismo. De aquí la necesidad de recurrir a la misericordia divina. Mas no nos exime este recurso del deber de la satisfacción en la justa medida que exige la justicia divina, de la que Dios es igualmente celosísimo. Y esto nos exige acudir a los méritos de la pasión de Cristo, sin los que nos sería absolutamente imposible alcanzar el perdón de nuestros pecados. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

III- Sólo las almas arrepentidas son dignas de misericordia

Sagradas Escrituras 

  • Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal

¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia? De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado? […] Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.[…] Nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado. […] Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal, sometiéndoos a sus deseos; no pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos de injusticia; antes bien, ofreceos a Dios. (Rm 6, 1-13)

Concilio de Trento

  • Es necesario detestar la ofensa a Dios y emendar la perversidad

En todo tiempo, la penitencia para alcanzar la gracia y la justicia fue ciertamente necesaria a todos los hombres que se hubieran manchado con algún pecado mortal, aun a aquellos que hubieran pedido ser lavados por el sacramento del bautismo, a fin de que, rechazada y emendada la perversidad, detestaran tamaña ofensa de Dios con odio del pecado y dolor de su alma. De ahí que diga el profeta: Convertíos y haced penitencia de todas vuestras iniquidades, y la iniquidad no se convertirá en ruina para vosotros” (Ez 18, 30), Y el Señor dijo también: “Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis de la misma manera” (Lc 13, 3). (Denzinger-Hünermann 1669. Concilio de Trento. Sesión XIV, 25 de noviembre de 1551)

  • El imprescindible aborrecimiento de la vida vieja para la verdadera contrición

La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados, y en el hombre caído después del bautismo, sólo prepara para la remisión de los pecados si va junto con la confianza en la divina misericordia y con el deseo de cumplir todo lo demás que se requiere para recibir debidamente este sacramento. Declara, pues, el santo Concilio que esta contrición no solo contiene en si el cese del pecado y el propósito e iniciación de una nueva vida, sino también el aborrecimiento de la vieja, conforme a aquello: “Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades, en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 18, 31). (Denzinger-Hünermann 1676. Concilio de Trento. Sesión XIV, 25 de noviembre de 1551)

  • Para la obtención del perdón son necesarios grandes llantos y trabajos

Por el sacramento de la penitencia no podemos en manera alguna llegar a esta renovación e integridad sin grandes llantos y trabajos de nuestra parte, por exigirlo así la divina justicia, de suerte que con razón fue definida la penitencia por los santos padres como “cierto bautismo trabajoso”. (Denzinger-Hünermann 1672. Concilio de Trento, Sesión XIV, 25 de noviembre de 1551)

San Bernardo

  • El pecador debe reconciliarse consigo mismo por el llanto de la penitencia

Quien pide la misericordia, obtiene esta oportuna respuesta: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Compadécete de tu alma, tú que aspiras a que Dios se compadezca de ti. Llora cada noche sobre tu lecho. Acuérdate de regar tu cama con tus propias lágrimas. Si te compadeces de ti mismo, si te esfuerzas en gemir con el llanto de la penitencia, estarás ya en primer grado de la misericordia, y con toda seguridad la alcanzarás. Si eres muy pecador y buscas una gran misericordia y una inmensa compasión, afánate en acrecentar tu propia misericordia. Reconcíliate contigo mismo, pues eres una carga para ti al ser enemigo de Dios. (San Bernardo. Tratado a los clérigos sobre la conversión, cap. XVI, n. 29)

San Juan Crisóstomo

  • La mancha del pecado se lava con las lágrimas y la confesión

El pecado, empero, deja tan grande mancha, que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla; sí, las lágrimas y la confesión. Pero nadie se da cuenta de esta mancha. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el Evangelio de San Mateo: 37, n. 6)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • ¿Qué haréis para excitar a detestar los pecados?

Para excitarme a detestar los pecados consideraré: 1°, el rigor de la infinita justicia de Diosla deformidad del pecado que ha afeado mi alma y me ha hecho merecedor de las penas eternas del infierno, 2.°, que he perdido la gracia, amistad y filiación de Dios y la herencia del paraíso; 3 °, que he ofendido a mi Redentor que murió por mí y por causa de mis pecados; 4.°, que he menospreciado a mi Creador y a mi Dios; que he vuelto las espaldas a mi sumo Bien digno de ser amado sobre todas las cosas y servido fielmente. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 726)

Catecismo Romano

  • Disposiciones de alma para pedir perdón al Señor

Convendrá señalar las disposiciones con que debe acercarse el alma al Señor para pedir el perdón de sus culpas. 1. Ante todo, con conciencia de tus propios pecados y humilde arrepentimiento de los mismos y pleno convencimiento de que Dios quiere siempre perdonar a quien se acerca con estas disposiciones. 2. Ni basta simplemente recordar los pecados; es necesario que nuestra memoria de ellos sea dolorosa: un recuerdo que punce el corazón y excite el alma al arrepentimiento. La memoria de nuestros pecados debe ir siempre acompañada de este dolor y arrepentimiento, que nos harán recurrir con ansiedad y angustia a Dios, nuestro Padre, para que Él nos saque, con la gracia de su perdón, las espinas que llevamos clavadas en el alma. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

San Agustín

  • Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar los pecados de nuestro interior 

Si Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna y debemos estar en comunión con él, tenemos que expulsar de nosotros las tinieblas para que se produzca en nosotros la luz, pues las tinieblas no pueden entrar en comunión con la luz. […] Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

  • Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían quizá dejar la impresión de que el apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

  • Ante todo, el reconocimiento del pecado 

Ante todo, el reconocimiento del pecado; que nadie se considere justo ni levante su cerviz el hombre que no existía y existe ante los ojos de Dios que ve lo que es. Ante todo, pues, el reconocimiento del pecado y luego el amor. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Quien no se arrepiente rechaza el perdón y la salvación

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1864)

Juan Pablo II

  • Al perdón de Dios debe corresponder la conversión del hombre

A este “regreso” de Dios que perdona debe corresponder el “regreso”, es decir, la conversión del hombre que se arrepiente. En efecto, el Salmo declara que la paz y la salvación se ofrecen “a los que se convierten de corazón”. Los que avanzan con decisión por el camino de la santidad reciben los dones de la alegría, la libertad y la paz. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de septiembre de 2002)

Benedicto XVI

  • El perdón del Señor impulsa a reconocer la gravedad del pecado 

El penitente, experimentando la ternura y el perdón del Señor, es más fácilmente impulsado a reconocer la gravedad del pecado, y más decidido a evitarlo, para permanecer y crecer en la amistad reanudada con él. (Benedicto XVI. Discurso a los penitenciarios de las cuatro basílicas papales, 19 de febrero de 2007)

Pablo VI

  • Soportemos los sufrimientos para evitar la doble pena del infierno

Impulsados, pues, por el amor y por el propósito de aplacar a Dios a causa de las ofensas hechas a su santidad y a su justicia, y a la par animados por la confianza en su infinita misericordia, hemos de soportar los sufrimientos del espíritu y del cuerpo, para que expiemos nuestros pecados y los del prójimo, y así evitemos la doble pena: del daño y del sentido, esto es, la pérdida de Dios, sumo Bien, y el fuego eterno(Pablo VI. Exhortación Apostólica Signum Magnum, n. 24, 13 de mayo de 1967)

Inocencio IV

  • El infierno es el tormento de los que mueren impenitentes

Si alguno muere en pecado mortal sin penitencia, sin género de duda es perpetuamente atormentado por los ardores del infierno eterno. (Denzinger-Hünermann 830. Inocencio IV. Carta Sub Catholicae professione al Obispo de Túsculo, 6 de marzo de 1254)

IV- La indiferencia del hombre hacia el pecado suscita la cólera de Dios

San Agustín

  • Pocos temen la muerte del alma

Si observamos todas las clases de muertes y entendemos las más detestables, muere todo el que peca. Pero todo hombre teme la muerte de la carne; la muerte del alma, pocos. Respecto a la muerte de la carne, que sin duda va a llegar alguna vez, todos procuran que no llegue; de eso es de lo que se preocupan. El hombre que va a morir se preocupa de no morir, mas no se preocupa de no pecar el hombre, que a vivir eternamente. Y, cuando se preocupa de no morir, sin causa se preocupa, pues consigue diferir mucho la muerte, no evadirla; si, en cambio, no quiere pecar, no se preocupará y vivirá eternamente. (San Agustín. Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan, n. 2)

Catecismo Romano

  • Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal.” (Rm 2, 8-9) Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano 4500, cap. VI, n. 2)

San Juan Crisóstomo

  • Irritan y ofenden a Dios los pecadores que no sienten dolor de sus faltas

Lo mejor indudablemente es no pecar en absoluto; pero después del pecado, lo mejor es que el pecador sienta su culpa y se corrija. Si esto no tenemos, ¿cómo podremos rogar a Dios y pedirle perdón de nuestros pecados, cuando ningún caso hacemos de ellos? Porque si tú mismo, que has pecado, no quieres saber ni siquiera que has pecado ¿de qué le vas a pedir perdón a Dios, cuando ignoras tus mismos pecados? Confiesa, pues, tus pecados tal como son, porque así te des cuenta de lo que se te perdona y seas agradecido. […] Cuando, empero, hemos ofendido a Dios, dueño del universo, nos quedamos con la boca abierta, nos desmayamos, y nos entregamos al placer, y nos embriagamos, y seguimos en todo y por todo nuestra vida habitual. ¿Cuándo, pues, esperamos hacérnosle propicio? ¿No será así que con nuestra insensibilidad le ofenderemos aún más que con el pecado mismo? Y, en efecto, más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el Evangelio de San Mateo: 14, n. 4)

San Bernardo 

  • El que ama la iniquidad, odia su alma 

Quizá haya alguien que quede perplejo por aquello del salmo: El que ama la iniquidad, odia su alma. Pero yo añado: odia también su misma carne. O ¿acaso no la odia el que cada día se compra montones de infiernos, y el que por dureza e impenitencia de su corazón atesora ira divina para el día de la venganza? Este odio al cuerpo y al alma radica no en el efecto o intención, sino en las obras efectivas. Odia despiadadamente su propio cuerpo cuando lo desgarra sin compasión al adormecer el juicio de su conciencia. ¿Hay locura más grave que la impenitencia del corazón y la voluntad obstinada en pecar? El mismo se estrangula con sus manos impías, que hieren y matan el espíritu, no el cuerpo. Si has visto alguna vez a un hombre restregarse las manos hasta hacerse brotar sangre, ahí tienes un claro ejemplo de lo que hace un pecador. (San Bernardo. Tratado a los clérigos sobre la conversión, cap. IV, n. 5)

San Agustín

  • Un género de muerte: la mala costumbre

Hay un género de muerte monstruoso: se llama la mala costumbre. Una cosa es, en efecto, pecar; otra, formar la costumbre de pecar. Quien peca y se corrige al instante, revive rápidamente; porque no está aún implicado en la costumbre, no está sepultado. Quien, en cambio, acostumbra a pecar, está sepultado y de él se dice bien “hiede”, pues comienza a tener pésima fama, olor asquerosísimo, digamos. Así son todos los habituados a malas acciones, los “de costumbres depravadas”. (San Agustín. Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan, n. 3)

San Juan Crisóstomo

  • ¿La paloma del Bautismo o la serpiente del pecado?

Desde aquel momento [del bautismo], nos saca de la vida vieja a la nueva, nos abre las puertas de arriba, nos manda desde allí al Espíritu Santo y nos convida a nuestra patria celeste. Y no solo nos convida, sino que, a par, nos otorga la máxima dignidad. Porque no nos hizo ángeles o arcángeles, sino hijos amados de Dios. […] Considerando todo esto, llevemos vida digna del amor de quien nos ha llamado, digna de la vida misma del cielo, digna del honor que se nos ha concedido. […] Cuando estáis, pues, destinados a participar de tan altos bienes, […] ¿qué castigo no sufriréis si después de don tan alto volvéis al vómito? Porque ya no seréis castigados simplemente por haber pecado como hombres, sino como hijos de Dios, y la grandeza misma del honor recibido se os convertirá en motivo de mayor castigo. […] ¿Qué perdón tendremos nosotros, a quienes se nos ha prometido el cielo mismo y hemos sido hechos coherederos con el Unigénito del Padre? ¿Qué perdón, repito, tendremos si después de recibir a la paloma corremos tras la serpiente? (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 12, n. 3-4)

Catecismo Romano

  • Por el pecado nos vendemos a la esclavitud del demonio

Esta ansiedad y angustia brotará espontáneamente no sólo de la consideración de la fealdad del mal cometido, sino también de la indignidad y audacia con que nosotros, pobres gusanos, osamos levantarnos y ofender la majestad e infinita santidad de Dios, que nos había colmado de tantos y tan inmensos beneficios. Y todo ello, ¿para qué? Para alejarnos de un Padre tan bueno —el Sumo Bien— y vendernos por un precio miserable a la vergonzosa esclavitud del demonio. Dios nos puso un yugo suave de amor, un lazo dulce y amable de infinita caridad; mas nosotros lo rompimos para pasarnos al enemigo, al príncipe de este mundo (Jn 12, 31), al príncipe de las tinieblas (Ep 6, 12), al rey de todos los feroces (Jb 41, 25). (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

V- Precisiones doctrinales sobre el pecado venial y el pecado mortal

Juan Pablo II

  • El pecado tiene doble consecuencia

El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la vida eterna. […] En segundo lugar, “todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la ‘pena temporal’ del pecado” con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 10, 29 de noviembre de 1998)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Un primer pecado prepara muchos otros

El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1865)

  • Las consecuencias del pecado venial

El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1863)

San Agustín

  • No desprecies el pecado venial, pues conduce al mortal

Mientras el hombre carga con la carne no puede no tener pecados, al menos leves. Pero no desprecies estos pecados que llamamos leves. Si los desprecias al considerar su propio peso, asústate al considerar su número. Muchas cosas menudas hacen una mole grande; muchas gotas llenan un río, muchos granos hacen un muelo. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

Santo Tomás de Aquino

  • Para el perdón de los pecados veniales también es necesario hacer penitencia

La remisión de la culpa, como se acaba de exponer, se realiza mediante la unión con Dios, de quien, en cierto modo, separa la culpa. Ahora bien, esta separación es completa con el pecado mortal, y es incompleta con el pecado venial. Porque con el pecado mortal el alma se aparta totalmente de Dios, puesto que obra en contra de la caridad. Mientras que el pecado venial enfría el afecto del hombre impidiéndole dirigirse a Dios con presteza. Por eso, ambos pecados se perdonan con la penitencia, ya que por el uno y por el otro queda la voluntad del hombre desordenada por la inmoderada inclinación del hombre a los bienes creados. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 87, a. 1)

Juan Pablo II

  • El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El hombre será condenado si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios

El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861)

Santo Tomás de Aquino

  • La verdadera penitencia es el abandono del pecado 

El pecado mortal no puede ser perdonado sin una verdadera penitencia, a la cual corresponde el abandono del pecado en cuanto ofensa de Dios, lo cual es común a todos los pecados mortales. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 86, a. 3)

  • Aversión a Dios que merece la pena de daño

El castigo es proporcionado al pecado. Mas en el pecado hay dos cosas. Una de ellas es la aversión con respecto al bien inmutable, que es infinito; y así, por esta parte, el pecado es infinito. La otra cosa que hay en el pecado es la conversión desordenada al bien transitorio. Y por esta parte el pecado es finito, ya porque el mismo bien transitorio es finito, ya porque la misma conversión (a él) es finita, pues los actos de una criatura no pueden ser infinitos. Por razón, pues, de la aversión al pecado le corresponde la pena de daño, que también es infinita, pues es la pérdida del bien infinito, es a saber, de Dios. Más por razón de la conversión (a las criaturas, finitas) le corresponde la pena de sentido, que también es finita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

  • Pena irreparable de duración perpetua 

La duración de la pena corresponde a la duración de la culpa, no ciertamente por parte del acto, sino por parte de la mancha, perdurando la cual, perdura el reato de la pena. Mas el rigor de la pena corresponde a la gravedad de la culpa. Pero la culpa que es irreparable, lleva consigo durar perpetuamente: y por eso incurre en una pena eterna. Mas no es infinita por parte de la conversión (a las criaturas); y por ello no incurre por esta parte en una pena cuantitativamente infinita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

Comentario

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Comentario de Olga Nélida María Navarrete el octubre 13, 2015 a las 4:30am

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